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viernes, 1 marzo, 2024
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Yecla
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PUEBLO A LA SOMBRA DE UN CERRO

Juan Muñoz Gil

En Yecla cuesta a su gente poder solearse al estar situada la ciudad en la umbría del Monte del Castillo. El asentamiento  primitivo, sí se estableció como corresponde a la mayoría de las poblaciones humanas, ubicadas en la Solana de los montes, y así fue el primer  asentamiento, diremos yeclano,  a la espalda del Castillo y abandonado allá por el siglo XIII tras la revuelta mudéjar, pero la nueva implantación de la Yecla actual se establece en la lúgubre umbría,  supuestamente debido a la existencia de manantiales de agua más a la mano, como el Cerro de la Fuente  y el desaparecido río Juar, así reflejado en mapas de la Comunidad Valenciana y afluente del Vinalopó que se originaba en el caserío de La Higuera, transcurriendo por la misma vertiente de las famosas riadas que arramblaban los campos de Yecla. Sin embargo, ya en el desarrollo  de la ciudad por el siglo XIX las nuevas calles se trazaron de Este a Oeste, y ampliando su anchura se logró así que el sol diese de lleno en las nuevas avenidas.

Desde que los humanos abandonaron las cuevas y comenzaron a establecerse a la vera de los ríos y sobretodo al abrigo de montículos, siempre eligieron el declive situado al resol, sin embargo por lo que a nuestro pueblo se refiere, es un misterio el porqué no se siguió habitando el primitivo lugar del asentamiento árabe ubicado en la solana del Cerro del Castillo, y se recurrió a la oscura umbría donde se asentó la Yecla antigua, aunque su ampliación sorteó estos derroteros.

No ha trascendido  históricamente, ya fuese por tradición oral en cuentos o leyendas de visiones extrañas, presencias de luminarias misteriosas o aparición milagrosa de alguna virgen negra, como causas que pudiesen motivar esta anomalía urbanística de ocurrencia tan particular elegida para nuestro pueblo. Nada que hasta el momento se sepa ha podido respaldar esta singularidad, generalmente anómala para sus habitantes al tener que soportar humedades más pertinentes, aires más agresivos, fastidiosos relentes y sobre todo no disfrutar del máximo de horas de sol tan necesario para la vida de personas, animales y plantas.

El misterio quizás pueda estar en la cornisa de la Iglesia Vieja con su friso, algo único en todas las construcciones públicas realizadas por aquellos entonces, mostrando  veintiocho cabezas, tres más en las esquinas y un león, sin personificar para nada a ninguna eminencia o personaje yeclano propio de la vida militar, política o religiosa de esa época, ya que si nos atenemos a la tesis realizada  por Sebastián Molina, en su “Estudio de la nobleza yeclana del siglo XVII”, ninguna de las pocas familias reunidas el día de San Juan de 1.707, para hacerse cargo de la vara administrativa local en lo sucesivo ante el desconcierto de la Guerra de Sucesión, ha podido ser representada en ese friso de la Iglesia ya que su construcción se ejecutó casi dos siglos antes.

Solamente queda recurrir a la extinguida Orden de Montesa, creada por Jaime II para incorporar en ella a los Caballeros del Temple tras su extinción, y la relación que dicha orden militar pudo tener con Yecla, pudiendo  ser prominente o destacado implantar a sus personajes y coetáneos en el friso del chapitel como representativas de dicha Orden de Caballería, ya que hasta el año 1935 esta Iglesia  contaba con una Conferencia de Caballeros cuyo último Presidente fue Ricardo Tomás, y continuando tras la guerra Civil con la advocación al Cristo del Sepulcro. Además sabemos que Pedro Espuche Hortuño y Pérez y Serrano de Espejo, fue Caballero profeso de la Orden de Montesa, bautizado, casado y enterrado delante del Altar Mayor en la Iglesia de la Asunción, hoy Iglesia Vieja. Y al no existir elementos pétreos en el los que hurgar, ya que la posible documentación impresa que podría iluminar esta incertidumbre acabó pasto de las llamas.

Motiva mi curiosidad el hecho de que Yecla esté situada en la umbría de un monte y en su Iglesia, que hasta el siglo XIX fue principal de la localidad, podamos contemplar una retahíla de bustos escultóricos que nadie sabe quiénes son ni qué representan, es para inquietarse e incitar el rastreo de su razón de ser, ya que en algún estamento o legajo quedará constancia de la genialidad artística que muestra la torre de esta Iglesia, denominada de la Asunción, y que tras la inauguración de la Basílica de la Purísima se llamó del Salvador.

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