RUIDOS

Juan Muñoz Gil

No es preciso que los ruidos sean desconcertantes y estridentes para llegar a ser amenazantes y peligrosos. Un ruido rutinario en el puesto de trabajo o en el domicilio, sin saberlo, acaba en ocasiones produciendo problemas de salud. Antiguamente el único exceso de decibelios que aparecía en la vida de la gente era cuando una tormenta dejaba caer esos truenos impresionantes y que de tal modo amedrantaban, también estaba el canto del gallo al amanecer, el crujir de los radios del carro al rodar, el chasquido del agua al caer, el rugir del viento, el ladrido del perro cuando avisaba una presencia extraña y poco mas, lo curioso del caso es que estas resonancias fueron recogidas por los compositores musicales de todos los tiempos y reproducidas por las grandes orquestas, aunque el silencio era lo predominante.

De un tiempo a esta parte todo esto ha cambiado, ¡y de qué manera!, el ruido ha pasado a ser el compañero permanente de cualquier persona que vive en una ciudad, y sin que precisamente tenga que ser muy populosa. Tanto dentro de las propias casas como fuera de ellas, son los electrodomésticos, la radio o televisión y sin contar con aquellos que nos golpean del exterior, ocasionando a cada instante estrépitos y zumbidos que alteran la parsimonia natural a la que ha estado sumido cualquier ser vivo hasta hoy, por lo que me atrevo a decir que tanto ruido es lo que ha debido despertar al Covi-19 dormido durante siglos.

Igual que existe el odio a sonidos superiores a unos 30 o 35 decibelios que vienen a ser los naturales de una conversación, los excesos producidos por el tráfico o el ocio nocturno ya rompen de por sí toda estabilidad emocional en la mayoría de las personas, y aquí empiezan los problemas al ser los ruidos una circunstancia negativa con la que deberemos vivir de por vida, son gajes obligados a soportar porque de una u otra manera también somos causantes de esta lacra al estar así condicionados por las necesidades y obligaciones que el exigente presente arrastra si queremos aventurarnos en un futuro consecuente, y lo malo es que no hay ningún modo que pueda permitirnos liberarnos de ellos, exceptuando de vez en cuando buscar refugios naturales donde expansionar nuestra ansiedad tan cebada en ciudades desarrolladas y modernas, pero si permanecemos en esos idílicos ambientes más tiempo de la cuenta, también una extenuante depresión nos obliga volver al movimiento generador del ya imprescindible ruido.

En Yecla, en épocas pasadas y al ser eminentemente agrícola, sus gentes vivían en una soledad silenciosa como así ocurría en las apartadas y aisladas casas de campo, y es por lo que con esos estruendos de arcabuces propios de sus fiestas principales, se genera un espectáculo traducido en una liberación de la quietud, pasividad o mutismo que durante todo un año se veían sus gentes obligadas a soportar. Los tiros y las arcas cerradas eran en aquellos entonces como una emancipación de un hábito tan distinto y distante del sigilo soportado, acomodando la impotencia silenciosa al chillido escandaloso o al griterío rimbombante con el que poder ahogar el pensamiento casi siempre réprobo y acusatorio.

Las fiestas son una liberación de circunstancias en las que cada cual rompe con la rutina y centraliza su idiosincrasia en una profusión de convicciones que van a generar durante unos días satisfacciones inconmensurables sustentadas por pasiones esperanzadoras y pragmáticas. Las fiestas no estipuladas como de descanso semanal, son suficiente motivo para ser ruidosas, así las de Yecla son de entre las que mas retumban, tras todo un año sumidas sus gentes en el silencio mirando al cielo pasar las nubes y al suelo reverdecer las plantas.

El ruido de la Primera Guerra mundial debió despertar el virus de la gripe mal llamada española, tras la Segunda Gran Guerra despabilaron las bacterias responsables de la neumonía y la tuberculosis, y ahora el desconcierto de la velocidad, la desaforada comodidad y la prepotencia de una parte del mundo sobrada de confort y holgura, parece haber avivado el covi-19 amodorrado desde hacía muchos años. Y lo curioso es que cuando despiertan estos gérmenes no hay manera de que vuelvan al estado somnoliento, así que también a éste lo podremos tener entre nosotros ‘per sécula seculórum’.

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