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CROMOS Y TEBEOS

Juan Muñoz Gil

Los niños ya no juegan con tebeos o cromos coleccionables, actividad ésta que ocupaba horas y horas a los adolescentes del pasado siglo. Con la desaparición de los quioscos esa actividad lúdica e instructiva resulta ya imposible desarrollarse y el teléfono móvil ha desbancado definitivamente ese entretenimiento moralizante y pedagógico. En aquel entonces, el trueque de cromos y tebeos era un juego más de los tantos a ejecutar durante el día, cuando no había televisión y la escuela era tan solo un tránsito irreverente en una feliz duermevela, y en tanto los niños se divertían encarándose entre ellos y compitiendo sin que el juicio de persona mayor mediara en sus decisiones, y no menos si se hacían novillos para ejecutar alguna diligencia liberadora con la que cubrir necesidades perentorias, como era poder comer frutas del tiempo recién recolectadas en esas épocas donde la alimentación se reducía en el mejor de los casos, a pan con azúcar o pan aceite y sal, y aun sin ser necesario para algunos compañeros pudientes, solo el hecho de participar en la rapiña suponía un aliciente lo suficiente atractivo y necesario para el niño no sentirse excluido del grupo, lo que se dice compañerismo comunitario. Hoy por hoy, con el estricto horario escolar, seguido de clases de yoga, lengua, baile, futbol, tenis, etc., los niños pierden la cualidad de infantes ya en sus primeros años, responsabilizándose como adultos pendientes en todo momento de obligaciones ineludibles para lograr lo que sus progenitores no fueron capaces de conseguir.

Aquellos tebeos nos adentraban en mundos de héroes y villanos, personajes a quienes la vida, de una u otra manera, les había dificultado su futuro aunque lograban afrontar, consiguiendo los lectores de manera refleja formarse como personas en ese entretenimiento lúdico con tebeos. Así eran El Guerrero del Antifaz, eliminando a sarracenos alevosos, El Capitán Trueno o el Jabato combatiendo tropelías en cualquier lugar del mundo, y los lectores de semejantes historias asumieron así esa realidad, causa por la que ahora se extrañan al escuchar los medios informativos donde los malos son perdonados y los buenos, generadores de riqueza y trabajo, coaccionados y reprobados.

Se completaba ese pueril hobby con los cromos, sobretodo de futbolistas del momento y las niñas de la acicalada Sissí Emperatriz. Y también la gente madura recopilaba sus estampas, entonces llamadas estampitas, que era como la continuación del hábito epígono de la juventud, siendo la imagen de algún santo de devoción o patrona local, guardadas en los monederos de por vida como veladores y benefactores de su portador, y que también han ido desapareciendo sustuidas por la intuición a que se ven obligadas las generaciones actuales, obcecadas en el antojo tan consensuado de lo eficiente que se considera para afrontar la modernidad actual y recurrir al psicoanálisis freudiano, el horóscopo del día, las políticas ecologistas, a la ordalía animalaria, o a una ONG benefactora. Sin embargo, la sustitución de las estampas santeras se ha visto continuada en los tatuajes, alguno de ellos aparatosos, contando historias en viñetas que cubren pecho o espaldas, sin que falte una virgen de candelero con todos sus ornamentos, o los más variopintos tótems y fetiches. Son modos sin duda pasajeros como así ha ocurrido siempre durante el tránsito por una época generacional determinada, propagándose una energía común brotando de todo el conjunto e imponiendo una pauta corporativa hasta el siguiente engendro paranoico comunal.

Y como es de ley en este mundo traidor, donde nada es verdad ni mentira, no faltan esas estampas personalizadas que cada individuo representa de sí mismo, luciendo porte y status a cual más pintorescos, y no menos un raciocinio elocuente que permite pavonearse hasta al más pintado, por lo que no dejan de ser auténticos cromos de privativas presencias humanas, personificadas en una sucinta apariencia y coleccionables de por vida en el álbum de la historia de la humanidad. El juego y cambio de cromos no desaparece mientras vivimos.

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