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Todo corazón, pura energía

Quizá Castillo-Puche no hubiera sido como fue de no haber existido esta gallega sabia, como a él le gustaba llamarla”

Por José Belmonte Serrano – Universidad de Murcia

Julia era, sencillamente, el ángel de la guarda de Castillo-Puche, además de su esposa, de su compañera, de su amiga, de su consejera. Era la persona que le tomaba de la mano para cruzar la calle al bueno de José Luis, siempre en Babia, en otro mundo, pensando en sus cosas, inventando tramas y personajes que bullían y rebullían en su privilegiada molondra adornada con su larga cabellera a lo Búfalo Bill. Sé, además, que ella, Julia, era una pieza fundamental en el proceso creador de las novelas de Castillo-Puche. Leía todo aquello que escribía y se permitía dar su opinión, siempre bien fundamentada. No en vano, se había ganado la vida dignamente como profesora de Literatura Española.
Para la vida un tanto caótica de un novelista como José Luis, Julia fue una persona clave. Como su hada madrina, con su barita mágica para poner las cosas en su sitio y hacerle poner los pies sobre la tierra. Quizá Castillo-Puche no hubiera sido como fue de no haber existido esta gallega sabia, como a él le gustaba llamarla de vez en cuando. Pero, además de sabia, Julia Figueira era generosa como pocos. Amable, buena persona y de una inteligencia que nunca quiso poner sobre el tapete porque no le gustaba ser protagonista, hacerle sombra al escritor, por lo que sus pasos discurrieron por un discreto segundo plano. Pero daba gusto oírla hablar, escuchar sus opiniones sobre la vida, sobre el mundo, sobre política, sobre los hijos, sobre la literatura española contemporánea, o sobre escritores aparecidos en los últimos años, como Juan Manuel de Prada o Arturo Pérez-Reverte, a los que admiraba y leía, no sin antes ponerles ciertas pegas si era preciso. También era escritora, como su marido. Pero rara vez hablaba de ello. Lo supe porque, en cierta ocasión, en 1989, le regaló un ejemplar de "Sin y la veleta", editado por Everest justo ese mismo año, a mi sobrina Marina, "con mucho cariño de la autora". Julia era, como José Luis, una entusiasta de la ciudad de Murcia y también, y sobre todo, de Yecla. Amaba su paisaje, sus calles, sus iglesias y sus santos (le gustaba escuchar la misa en la basílica de la Purísima lo más cerca posible de la imagen de San Cayetano). Quiso, como si fueran sus propios hijos, al desaparecido y añorado alcalde Benedito y a Liborio Ruiz Molina y a Martín Martí y a Alfonso Yagüe y a Carmen Ortín, y a tantos otros cuyos nombres ahora no recuerdo. Era todo corazón. Y, hasta el día mismo de su muerte, pura energía en ebullición, como si tuviera veinte años. Graciosa, sonriente, optimista… a pesar ya de su edad nonagenaria. Quienes la conocimos, jamás podremos olvidarla. Echaré de menos su voz. Sus llamadas para preguntarme cómo iban las cosas por Murcia, si sabía algo de Yecla. En Murcia, en Yecla, Julia, ya te echamos de menos.

Fotografía inferior: José Belmonte Serrano, autor del artículo

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