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Protocolo no es saber estar

Alfonso Yagüe García

Hay palabras que, de tanto utilizarse, acaban perdiendo su verdadero significado. Protocolo es una de ellas.
Vivimos en la era del «protocolo para todo». Se habla del protocolo ante una crisis, del protocolo de una empresa o del protocolo de actuación frente a cualquier incidencia. Pero el problema aparece cuando las redes sociales convierten el término en un reclamo para cualquier contenido, por disparatado que sea.

Basta navegar por cualquier plataforma para encontrar vídeos sobre «el protocolo para comer marisco», «el protocolo para abrir una bolsa de patatas «, «el protocolo para abrir la puerta» o «el protocolo para ir a la playa». La imaginación parece no tener límites.
No. Eso no es protocolo.

No se trata de purismo lingüístico, sino de respeto a una profesión cuya función está muy lejos de las trivialidades con las que algunos buscan tener miles de visualizaciones.

Hablar de protocolo cuando en realidad se está hablando de etiqueta, cortesía o buenas maneras puede parecer una cuestión menor, pero no lo es. El lenguaje construye la realidad y, cuando durante años se identifica el protocolo con un catálogo de normas sobre cómo coger una copa o cómo comer la tortilla de patatas, la sociedad acaba creyendo que esa es su verdadera función.

Después llegan las bromas y las caricaturas. El protocolo pasa a verse como un conjunto de normas absurdas, anticuadas y prescindibles. Lo preocupante es que esa imagen no nace de la disciplina, sino del uso irresponsable que algunos hacen de la palabra.

No hay nada malo en divulgar contenidos sobre educación o saber estar. La buena educación siempre será bienvenida. El problema es presentar todo eso como protocolo porque el término parece conferir una autoridad que el contenido, en realidad, no tiene.

El protocolo es una disciplina al servicio de la comunicación. Organiza la representación de las instituciones o las empresas, establece precedencias, regula tratamientos, ordena el uso de los símbolos oficiales y convierte cada acto en un mensaje cuidadosamente construido.
La reciente Copa del Mundo de Fútbol ofrecio un magnífico ejemplo de lo que realmente significa el protocolo. Desde la ceremonia de los himnos nacionales, la disposición de las banderas, la organización del palco de autoridades o la entrega del trofeo, cada detalle responde a una estrategia de comunicación y representación. Nada se improvisa porque todo comunica.

Quizá el protocolo sufra hoy una forma de intrusismo conceptual. Todo el mundo habla de protocolo; muy pocos saben realmente de qué hablan.

Y esa es una mala noticia. Porque cuando una disciplina pierde el control sobre el significado de su propio nombre, también empieza a perder el reconocimiento social de su auténtica utilidad.

 

Estaría bien dejar de llamar protocolo a cualquier cosa. No por una cuestión de purismo lingüístico, sino por respeto a una profesión cuya función está muy lejos de las trivialidades con las que algunos buscan unos miles de visualizaciones.

Actualmente, Protocolo y Organización de Eventos, es un grado universitario oficial impartido en media docena de universidades españolas. Tras un mínimo de cuatro años de formación, estas instituciones otorgan el correspondiente título universitario a quienes superan el plan de estudios. Muchas veces aparecen “expertos en protocolo” que como mucho, se han limitado a asistir a un curso de introducción a esta materia tan amplia y compleja.

Entre organizar una cumbre internacional, una ceremonia de Estado o la final de un Mundial y explicar cómo deberíamos comportarnos, hay mucho más que una diferencia de estilo: hay una diferencia de profesión.

(*) Alfonso Yagüe García es miembro de la Junta Directiva de la Asociación Española de Protocolo (AEP)

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