Salvador Ibáñez Carpena
Supongo que el sentimiento que nos invade a todos es de estupefacción y tristeza, amén de una impotencia descomunal cuando vemos imágenes y conocemos cifras de la catástrofe medioambiental que asola España, Europa y el mundo en general.
“España se quema”. Podría ser perfectamente el titular de cualquier rotativo.
Los incendios forestales devoran sin piedad hectárea tras hectárea, dejando tras de sí una inmensa estela de desolación y muerte.
Permítaseme la metáfora, es como si el mismísimo infierno nos hubiera abierto sus puertas y entráramos en él, totalmente sin remisión.
España se quema, y a la par se ahoga.
Altísimas temperaturas día tras día sostenidas durante la noche y alimentada por fenómenos meteorológicos que actúan como aliados perfectos, forman el mejor de los cócteles para tan espeluznante desenlace y que tiene la errática mano humana que, por supuesto, tiene la mayor influencia.
Personalmente me siento frustrado, empequeñecido y muy desanimado ante semejante castigo. Mis ojos ya no derraman lágrimas, la pena los ha dejado secos; mi corazón no late con brío, atenazado por el horror y el miedo y mi ser se compadece de todo aquel que lo ha perdido todo.
Cambio climático, olas de calor, emergencias climáticas y medioambientales forman parte, por desgracia, de una terminología de plena actualidad y que amenaza seriamente con quedarse con nosotros.
Cuando se produce un incendio forestal, cuando un monte se quema, se están llevando a cabo, a mi juicio, dos actos de la misma índole, pero muy distintos en su idiosincrasia.

Si se ocasiona por causas naturalmente incontrolables, es la propia naturaleza la que dicta sentencia y me atrevería a usar el término de suicidio.
Ahora bien, si la chispa detonante proviene del ser humano, adquiere otra dimensión y no sabe otra calificación que no sea la de un asesinato, un asesinato cruel y devastador.
El hombre, razonador, creador, que siente y ama, también tiene la capacidad de convertirse en destructor despiadado, provocando heridas de muy difícil cicatrización.
Y como ser razonador que se supone que es, la especie animal más animalizada, es el que tiene la llave, el poder y el deber de general el declive de esta barbarie que nos acosa y entristece.
No existen pócimas mágicas, al menos yo lo creo, por ello pienso que no sé si estaremos a tiempo de revertir, aunque de manera relativa esta lacra, pero sí es urgente que la piel de toro reciba el aliento de aquel que la ama, inmensa mayoría, y tengamos la capacidad de convertirnos en el mejor antiséptico para sus heridas.
No se nos puede olvidar que nos encontramos en mitad de la estación estival, con altísimas temperaturas, sin apenas lluvias, y con un nivel de alto riesgo casi permanente.
Llevemos cuidado, seamos seres sensatos, acunemos nuestro entorno como si de un hito se tratara porque, en gran medida, dependemos de él, creemos un futuro y esperanza.













