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Una huella que pervive

Charo Cutillas

Me acuerdo de algunos, no de todos, porque el tiempo va desdibujando mucha información; pero entre tanto olvido, personas y situaciones que, por el hecho de distinguirse entre otros muchos, han dejado una huella que pervive. Y entre estos están los profesores que han contribuido a loque hoy somos.

Pongo atención al valor incuestionable de las Artes porque don Leonardo, de quien no recuerdo el apellido, nos sacaba al parque frente al Instituto a dibujar al aire libre, dándonos así la importancia de lo espontáneo. Después vino don Manuel Mora que nos enseñó el valor del color, las luces y las sombras.

Las ciencias Naturales vinieron de la mano de don Gerardo Palao, que nos hizo adentrarnos en un mundo de flora y fauna, para en el futuro, sentir el máximo respeto por los seres vivos.

Me interesa sobremanera la Historia y la Geografía porque tuve a don Fernando Faura, que lejos de empotrarnos una lista de hechos, nos invitaba a dilucidar las causas y las consecuencias de acontecimientos históricos. El curso anterior había tenido un profesor que me hizo huir de ambas disciplinas, pero apareció don Fernando en el aula, y el rechazo a la Historia se convirtió en predilección.

Mis viajes a Francia o lugares de habla francesa, me han sido fáciles gracias a doña Amparo Palao. Su libro de texto era una familia convencional con dos hijos, Pierre y Madeleine, de manera que las situaciones familiares nos conectaban con cualquier escenario de la vida cotidiana. Me falta vocabulario por no practicar, pero sé construir las frases y medio hacerme entender.

Doña Juaquinita, por todos llamada Quinita, con sus clases de Física y Química. Cuando viajo me llevo una pastilla de jabón para comprobar la calidad del agua, tal como ella nos enseñó. Claro que había clases más repelentes, formulaciones y demás, pero su empeño y dedicación terminó con el rebote de la más torpe, que era mi caso.

Doña Carmina Palao, con su formación del Espíritu Nacional, centrado para las chicas en Labores del Hogar, pero recuerdo su frase: “El pueblo ruso ha sufrido mucho, hay que mirarlo así”. En un momento en el que nombrar algo ruso era poco menos que pecado, guardo aquella frase suya, aunque no recuerdo el contexto. Por lo demás hacía lo que podía, y lo hacía con afecto, para lidiar con adolescentes que se rebelaban ante cualquier atisbo hogareño.

Cómo no recordar a don Carlos Abrisqueta, que era matemático y poeta y tiraba sobre su mesa cuanto había en sus bolsillos; nos sacaba a la pizarra llamándonos señorita. Nosotras nos acoquinábamos con ese tratamiento, viniendo de clases de primarias en donde se nos llamaba por el nombre, seguido de un palmetazo si te mostrabas remisa.

Algunas veníamos de un colegio religioso, así que estábamos ahítas de religión en forma de rosarios por la tarde y vidas de santos. A menudo lamento esas horas perdidas, porque no digo yo que nos enseñaran inglés, no, pero aunque sea algo útil, como coser un dobladillo. Había labores, como en bachiller, pero ambas iban dirigidas a bordados finos, con vista a un ajuar.

La Gimnasia en mi caso de la mano de la señorita Yago. Recuerdo sus clases amenas, y particularmente cuando nos hacía escenificar un oficio con sólo gestos y las demás teníamos que adivinar de qué oficio se trataba. En tiempos rígidos, su dinamismo era un modo de suavizar la inflexibilidad de la enseñanza.

Recuerdo con emoción el prólogo del libro de Lengua española, VOZ, que decía: “Guarda y conserva tus cuadernos y apuntes, te servirán de repaso y consuelo a lo largo de la vida”. Era doña María Martínez del Portal quien nos daba lengua. Ella quitaba hierro a la aridez del análisis sintáctico, combinando lecturas y actividades más amables. Una estrategia inteligente.

Desde aquí tengo que agradecerle que me prestara atención especial por la facilidad que mostraba al escribir. Vaya por delante que esta facilidad no es merito mío, sino que me vino dada; un regalo de la naturaleza. Doña María me invitaba a su biblioteca, me prestaba libros y me aconsejaba lecturas y ejercicios alentando aquella facilidad mía.

Tuve profesores que fueron nefastos en mi formación; mejor no nombrar a nadie, sin embargo no puedo dejar de mencionar el latín. Me enteré de lo que eran las declinaciones a final de curso, con lo que el desastre estaba asegurado, pero más tarde, en otras clases, me enamoré del latín y por ende de la etimología y el amor por la lengua española.

Me quedo con lo mejor que me dieron, con el consejo de aquel prólogo, invitando a que guarde apuntes y cuadernos. Estas premisas me han llevado a seguir estudiando a lo largo de la vida; escribiendo a veces, leyendo siempre y disfrutando de todo ello.

Escribo estos recuerdos porque es crucial la influencia de los profesores en nuestro futuro, una lección que la sociedad debería tener en cuenta a la hora de inmiscuirse en las aulas, al menos no más allá de lo prudente.

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