La nada se define como la ausencia total de ser, de materia, de existencia. Es la negación albosulta del “algo”. O sea, nada de nada
Antonio M. Quintanilla
(Ilustración: Jesús Martínez Azorín)
Por fin han llegado las vacaciones. Esa maravillosa época en la que la mayoría del personal entra en una especie de trastorno delirante y decide que lo mejor para desconectar es meterse un chute de estrés diez veces mayor al que vive y padece durante el resto del año. Planificar vuelos con escalas imposibles y horarios de vampiro; hacer maletas que parecen el contenedor de un buque de carga; tragarse colas de cinco horas bajo el sol para ver un atardecer en la Chimbamba o fotografiar al famosísimo cangrejo repulguero de Pernambuco. O (aún peor), empeñarse en visitar a familiares alejados unos de otros de punta a punta del país cuando no allende nuestras fronteras. Nos han vendido que las vacaciones se miden en teras de fotos en los móviles y en las redes sociales y en volver más cansados que un mulo de carga. Y no es eso, no es eso, como se lamentaban siempre en verano los gemelos Ortega y Gasset. Lo suyo en vacaciones es la vagancia extrema y el derecho inalienable de toda persona más o menos humana, que haberlas dicen que haylas, a no hacer absolutamente nada. El verdadero verano cinco estrellas solo requiere una superficie horizontal, preferiblemente a la sombra. El vividor número uno en vacaciones sabe que la actividad que conlleva más riesgo es adivinar qué formas tienen las nubes o distraerse con el matamoscas.

El único objetivo a alcanzar en vacaciones es lograr que el cerebro quede en encefalograma plano, libre de cualquier calentamiento de cabeza… Y llegados a este punto es cuando nos topamos con el espécimen hiperactivo de todos los años por estas fechas que nos dice en plan mártir: “Es que yo, si no hago nada, me aburro”. Vamos a ver, alma cándida, pan sin sal, háztelo mirar porque tienes un problema psicológico de dimensiones bíblicas. El que se aburre sin hacer nada es porque tiene miedo de encontrarse a solas con su yo interior que generalmente está más vacío que este pueblo en agosto, o porque tiene la misma capacidad creativa que las chanclas que lleva puestas. Aburrirse, más que un arte, que también, es poseer un súper poder que te transporta a la plena relajación. Si necesitas moverte en vacaciones más que un garbanzo en la boca de un viejo el problema eres tú, que eres más soso que la música del ascensor. La regla de oro es simple (al menos a mí siempre me ha funcionado): cuantos menos planes, muchísimo mejor. No soy nadie para dar consejos pero yo de ti haría lo posible para que tu única gran preocupación de cada día en vacaciones sea si te giras hacia la izquierda o hacia la derecha para que no te dé el sol en la cara, o para ver si la caña tiene la espuma justa. Y, por supuesto, no olvides levantarte cada día más tarde ni la siesta de media mañana (la siesta del borrego, como decimos en Yecla), ni la siesta de tres horas como mínimo de después comer de la que te despiertas sin saber en qué año vives. La próxima vez que alguien te pregunte qué vas a hacer durante tus vacaciones, mírale fijamente a los ojos y respóndele con orgullo: ¡Absolutamente nada! (RAE: La nada se define como la ausencia total de ser, de materia, de existencia. Es la negación absoluta del “algo”. O sea, nada de nada).













