Ya es hora de echar de la política a quienes retozan en el dolor de nuestra Guerra Civil para justificar su innecesaria presencia en nuestras vidas
Antonio M. Quintanilla Puche
Hace ya mucho tiempo que el tema de la Guerra Civil me echa para atrás. Caí en la cuenta de que continuar día sí y día también hablando del capítulo más oscuro, aterrador y traumático de nuestra historia contemporánea no nos llevará nunca a ningún sitio. Solo me interesa, si acaso, intentar dilucidar cuál fue el origen de tanto odio y tanta violencia antes de que cayera el primer muerto porque a partir de ahí ya fue todo ojo por ojo y diente por diente. Por esa razón (además de para saludarlo después de tanto tiempo sin verlo), me acerqué sin pensármelo dos veces a la presentación del nuevo libro de Salvador Santa Puche sobre la II República y la Guerra Civil en Yecla en el que nada más empezar viene a decirnos que los principales desencadenantes de todo aquel desastre fueron la desesperación y la pobreza extrema de la época. Cuando una persona está hambrienta es capaz de agarrase a un clavo ardiendo para sobrevivir sea del color que sea la bandera que sujeta ese clavo. Hay que agradecer, y mucho, estas lecciones de historia en las que Salvador Santa se expresa con tanta claridad y autoridad como es de esperar del autor que más ha indagado sobre aquellos sangrientos años en Yecla.

Porque de cara a la galería todos aceptamos que nada tiene que ver la Yecla y los yeclanos de hoy con la Yecla y los yeclanos de hace 90 años, y que solo desde el entendimiento y la moderación lograremos que aquel desastre no vuelva a repetirse. Pero somos muy falsos porque cada uno en su interior cree estar convencido de que la Guerra Civil estalló por culpa de este o aquel bando, lo que significa que después de casi un siglo no hemos aprendido nada sobre aquel drama que, especialmente, adquirió tintes desgarradores en pueblos como Yecla, donde la tragedia se vivió con cercanía estremecedora. La violencia afectó a este pueblo donde todos se conocían, transformándolo en un escenario de crímenes atroces. Vecinos nuestros que en ambos bandos fueron exterminados y masacrados con menos piedad que se les tiene a los animales en los mataderos. Así que tengo muy clara la respuesta sobre si desenterrar aquel salvajismo contribuye a la convivencia o mantiene en carne viva heridas que después de cicatrizar en la Transición nunca debieron volver a abrirse. Las nuevas generaciones tienene (tenemos) el derecho y el deber de construir una identidad propia sin cargar con la mala conciencia de los muertos de una guerra que nunca nos ha pertenecido. No tenemos porqué sentirnos herederos de unos hechos inhumanos en los que no tuvimos nada que ver. La madurez de una sociedad también se demuestra en la capacidad para saber cuándo es necesario pasar página para que los fantasmas del pasado no sigan dictando las relaciones del presente. Es hora de apostar por un futuro de convivencia, donde el recuerdo de la violencia deje paso al respeto por todos los que a un lado y a otro murieron o padecieron las dramáticas consecuencias durante el resto de sus días. Y, sobre todo, es hora de echar de la política a quienes retozan en la sangre y el dolor de nuestra lamentable Guerra Civil Española para justificar su innecesaria y perniciosa presencia en nuestras vidas.













