Juan Muñoz Gil
“Vino de Yecla en su mesa”, era el humilde mensaje allá por el año 1956 de la novísima Cooperativa Agrícola La Purísima, anunciado por el carromato que se encargaba de repartir el vino a granel a comercios y sobre todo a bares y tabernas, donde el chateo era la solución más inmediata ante los sinsabores que una vida precaria acarrea. Decía Baudelaire en su libro “El Spleen de Paris”, que “para no sentir el horrible paso del tiempo hay que embriagarse de vino, poesía o virtud, a vuestra elección”. Y era ese genuino anuncio la máxima publicidad que en aquellos años se podía esperar, ya que Radio Juventud de Yecla todavía no había alcanzado una audiencia mayoritaria como ocurriría años después cuando pasa a la Cadena Azul y tampoco nos llegaban las primeras imágenes televisivas incipientes, siendo estos rutinarios medios callejeros los que realizaban una función propagandística de primer orden considerando que por aquellos entonces no se valoraba la importancia a futuro que la publicidad llegaría a tener. El periodismo de entonces era la opción más divulgativa de un producto y asumido por una mayoría de firmas, de ahí, y concretamente con el vino, el ganar medallas en los eventos tanto nacionales como internacionales fue el medio más práctico de poder ofrecer información de vinos con propiedades extraordinarias al ser reconocidas por importantes países vitivinícolas ya consolidados.
Tal fue el interés de aprovechar las Instituciones Políticas para lograr la mayor difusión posible, en nuestro caso del vino de Yecla, y fue tras la institución de la Democracia con el segundo Gobierno Municipal, del que formé parte, cuando se volvió a entablar negociaciones como una década antes ya se intentó con el Ayuntamiento de Jumilla para agrupar las denominaciones vinícolas del Altiplano en una a llamarse Jumilla-Yecla, iniciativa que volvió a quedar en aguas de borrajas como ocurrió la vez anterior, y el desenlace que nuestros vecinos dieron a la propuesta fue que el vino de Yecla perdiera su denominación y se pudiese incluir en los de Jumilla como así habían hecho algunos pueblos de Castilla-La Mancha cuando el Reino de Murcia incluía a Albacete. Lo cierto es que este acuerdo habría potenciado su difusión al contar con dos presupuestos locales además del Regional, y el propio Estado al representar una amplia parte del territorio nacional por las miles de hectáreas que se hubiesen abarcado. Prueba de ello es que hace solamente unas décadas fue el propio gobierno Regional quien intentó agrupar las tres denominaciones existentes de Jumilla, Yecla y Bullas como Vinos de Murcia, concierto que tampoco llegó a buen término, contingencia que sí se concretó con las denominaciones de Alicante o La Mancha, y las subvenciones económicas asignadas para su potenciación y desarrollo acabaron siendo cuantiosas advirtiéndose un crecimiento extraordinario y en un reducido espacio de tiempo.

Pero la vida es así. Decía Maquiavelo que “vale más hacer y arrepentirse que no hacer y arrepentirse”, ya que si tales propuestas se hubiesen materializado, al día de hoy miles de hectáreas de derechos vitivinícolas acreditados en nuestro termino no se habrían vendido a otras Denominaciones, porque el precio de la uva no habría caído por los suelos como ha ocurrido en nuestro entorno agrario haciendo imposible a nuestros agricultores mantener el cultivo de sus viñedos tan florecientes y productivos como así han sido desde siempre.
Cuando se heredaba un predio de los padres, por evocación familiar obligaba a custodiar y mantener como un recuerdo necesario a perpetuar en el entorno doméstico, además de lograr una generosa ganancia con la que afrontar necesidades perentorias. Pero todo ello era posible hasta que su mantenimiento superó en mucho los gastos de su custodia obligando a forzar el abandono del cultivo, cosa que hasta hoy aún no ha ocurrido con el plantío del olivar, aunque el camino que llevan los precios de la aceituna tras la recolección anual, sin duda conducirá a un final análogo.
De unas 800 bodegas inventariadas en nuestro término a finales del siglo XIX, y cuyos vinos fueron catalogados por Azorín como “son los vinos yeclanos reflejo del sol y de la tierra del Sureste Español, potentes, corpulentos y con una notable concentración”. Ya es muy poco lo que va quedando y ni qué decir tiene que hablamos de tiempos remotos, y que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque sin duda peor en otras cosas. En el Epistolario de sus Discursos, Donoso Cortés nos dice: “En el pasado está la historia del futuro”, por lo que debemos atar los machos, especialmente en lo que concierne al desarrollo agrícola yeclano cuyas perspectivas no son nada halagüeñas.













