Si no lo hacemos igual con todos los alcaldes estaremos provocando agravios comparativos, destacando a unos y obviando a otros
Antonio M. Quintanilla Puche
No es la primera vez que desde estas mismas líneas hemos sugerido que todos los hombres y mujeres que han ocupado la Alcaldía de Yecla merecen que sean recordados en nuestro callejero. Nuestras calles son un reflejo de lo que la sociedad yeclana hemos decidido recordar. Los nombres de calles, plazas y espacios públicos nos recuerdan quiénes somos y qué valores queremos proyectar hacia el futuro dejando constancia de ellos a las generaciones venideras. Esos valores que queremos que prevalezcan en nuestro pueblo también los reflejamos cada vez que asistimos a las urnas para elegir a nuestros representantes políticos con los alcaldes a la cabeza. Por eso creo que todos los hombres y mujeres que han sido alcaldes, sigan entre nosotros o hayan fallecido, merecen una placa que recuerde su paso por nuestra historia local. Y no tendríamos que entenderlo como un gesto partidista o una competición por ver quién ha dejado mayor huella o quien lo hizo mejor. Se trata de reconocer que acceder a la Alcaldía, porque así lo ha decidido la mayoría de yeclanos, implica asumir la enorme responsabilidad de gestionar nuestros impuestos y recursos para impulsar mejoras y nuevos proyectos, aunque pocas veces se les reconozca en su justa medida.

Muchos alcaldes fallecidos antes y durante la democracia ya cuentan con calles que llevan su nombre. ¿Por qué limitar ese reconocimiento solo a quienes ya no están? Quienes han gobernado, independientemente de su signo político o del momento que les tocó vivir, han dejado su impronta en la historia de Yecla. Si no les brindamos a todos el mismo reconocimiento nuestro mapa urbano seguirá estando incompleto. Reconocerlos en vida tras abandonar su etapa en la Alcaldía no lo entiendo como un privilegio, sino como un acto de coherencia para poner siempre en valor el a veces tan denostado servicio público. Además, dedicar placas a todos los alcaldes permitiría equilibrar la memoria de nuestro callejero, que a menudo se inclina hacia figuras históricas lejanas o personajes que nunca pisaron este pueblo. ¿Entonces porqué no reservar también un lugar para quienes sí caminaron por nuestras calles, escuchándonos a los vecinos y tomando decisiones que nos afectaron directamente? Una calle con el nombre de un alcalde invita a recordar, reflexionar y a debatir sobre su trayectoria. Es una forma de mantener viva nuestro pasado y de reforzar la idea de que la política municipal es, ante todo, un servicio a la sociedad yeclana. Y eso es de agradecer, más aún en estos tiempos borrascosos en los que la política se percibe con desconfianza. Reconocer a quienes han asumido la responsabilidad de gobernar, de gobernarnos, contribuye sin duda a dignificar a nuestros representantes públicos. Y, sobre todo, puede recordarnos que detrás de cada decisión municipal hubo personas con nombres y apellidos, con sus aciertos y sus descuidos, que dedicaron parte de su vida a mejorar la nuestra. Si no lo hacemos así estaremos provocando agravios comparativos destacando a unos alcaldes y obviando a otros. Y creo que todos merecen nuestro respeto, gratitud y recuerdo.













