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La Tierra y sus toques de atención

Daniel Ortuño Ibáñez

Cada vez que la tragedia cae sobre un pueblo, es curioso observar la sucesión de reacciones que tienen lugar en el seno de una sociedad completamente desbordada por la información. El primer comentario, casi automático e instintivo, es buscar un culpable. Poner cara, nombre y apellidos al desastre nos ayuda a focalizar nuestra rabia y a sentir que próximamente se hará justicia por las vidas perdidas. Solo cuando esa primera exigencia ha sido satisfecha, podemos entonces enfrentarnos a la cruda realidad y dar paso al duelo. Pero, ¿qué ocurre cuando el culpable de esas tragedias es, literalmente, el mundo? ¿Cómo hacemos que rinda cuentas por nuestra desgracia?

Esta manía de ser la especie animal que superpuebla el planeta ha encontrado un duro rival en los desastres naturales, y hace que sus efectos sean todavía más devastadores. Los terremotos de la pasada semana en Venezuela son un ejemplo más de una de las mayores inquietudes del ser humano: que no puede controlarlo todo. Tanto con esta reciente tragedia como con otras que hemos vivido, esa primera reacción se sigue dando. El derrumbe de tantos edificios en La Guaira es culpa del chavismo, las riadas de Valencia ocurrieron por negligencia política y los vecinos que perdieron sus casas a merced del volcán de La Palma… pues que no hubieran edificado allí. Y así constantemente. Estamos tan acostumbrados a la capacidad destructiva del ser humano que intentamos culparlo también, por otros métodos, de aquella destrucción que no provocó.

No soy lo suficientemente religioso como para considerarme un panteísta, pero la realidad es que resulta complicado no asustarse ante la implacabilidad de la naturaleza. Ver los edificios sucumbiendo al temblor de la tierra, las casas siendo devoradas por la lava, o el agua arrastrando con una fuerza impensable todo lo que encuentra a su paso… son escenas que provocan escalofríos. Catástrofes como estas generan tal impotencia que cuesta no imaginarse una mano negra o un ente sobrenatural que decida castigarnos por nuestros pecados. O quizá sea la propia Tierra la que se sacude el picor de nuestra presencia, como un perro cuando detecta una pulga en su piel. Puede que sea nuestro mundo, ese que ha tenido la desgracia de cobijarnos, el que nos recuerde de vez en cuando quién tiene realmente la última palabra sobre nuestro destino.

Cuando las tragedias ocurren simplemente “porque sí”, nos damos de bruces con la incómoda certeza de que nuestras vidas y las sociedades que hemos creado pueden ser gravemente heridas o borradas de un plumazo por cosas que no podremos evitar. El mayor ataque al ego de la humanidad es saber que, al final, todo lo que tenga que pasar en nuestro pequeño planeta azul pasará, de una manera u otra, sin que nadie nos pida opinión. La destrucción caerá del cielo o el suelo se abrirá bajo nuestros pies, pero mientras nada de eso ocurra podremos seguir viviendo con la ingenua ilusión de que somos intocables, sin reparar en los toques de atención que la Tierra nos da.

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