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LA EMPRESA COMO MATERIA EDUCATIVA

Francisco José Gil Ruiz

Siempre he creído en eso de enseñar a pescar en lugar de acostumbrar a la gente a tener el “pescado servido”. No se tome esto de manera literal, porque precisamente yo no puedo presumir de dotes de pesca. Sin embargo, la idea en sí es válida en su aplicación en la vida. De hecho, diría que la educación y la formación se basan teóricamente en este principio.

Cuando hablamos de competencias y resultados de aprendizaje, no hablamos de mera palabrería, sino de una promesa de futuro que esperamos ver cumplida algún día transferida a nuestro entorno. Todos los empleos, todos, requieren de nociones físicas e intelectuales para asegurar un correcto cumplimiento en el engranaje de su aplicación, de modo que los términos mencionados no están para aderezar planes de estudio, sino para darles sentido. La educación no solo es un derecho, sino una obligación y, como tal, está sujeta a responsabilidades, y cómo no, a la concienciación respecto a las mismas.

No se trata solo de atiborrar de conocimientos, sino de guiar en cómo estos pueden aplicarse en determinados momentos. Como mínimo, encuentro que habrá una experiencia de escucha y comprensión, y otra de aplicación y reflexión sobre lo hecho. En ambas cabe subrayar el papel fundamental de la memoria, pues sin ella no cabría ni comprensión ni aplicación de nada, pero dejando a un lado lo de la memoria, aquí me quiero detener en el proyecto que varios alumnos del Instituto Azorín han protagonizado mediante la creación de cooperativas para vender productos (varios de ellos, locales) y donar los beneficios a diversas asociaciones. Este periódico se hizo eco de ello el pasado 25 de abril, y realmente me sorprendió la iniciativa teniendo en cuenta lo denostada que parece estar la empresa hoy en día.

Estos alumnos de bachillerato afrontaron los retos que implica crear una empresa, con las relaciones personales y profesionales que acarrea, preocupándose de tratar con proveedores, asumiendo riesgos, creando vínculos con otros agentes sociales… Con ello entiendo que pudieron vivir mínimamente aquellos problemas que tarde o temprano les serán cotidianos: desde realizar previsiones de negocio, pasando por cuidar la relación con clientes y proveedores, hasta atender obligaciones tributarias.Y todo ello para tener un determinado eco en la sociedad, ya sea en términos de satisfacción del cliente, como de solidaridad. Me parece, en fin, un ejemplo fantástico con el que concienciar tanto en la realidad del trabajo, como en la realidad de crear trabajo. ¿Qué implica esto? Comprender que las acciones tienen consecuencias, que las decisiones (acertadas o no) provocan situaciones inesperadas, que el mundo ofrece resistencias desagradables y que, en definitiva, el plato cocinado no aparecerá si antes no se han dispuesto los ingredientes.

No sé usted, pero yo creo que en los momentos de mayor problemática e incertidumbre es donde aparecen realmente nuestras virtudes y defectos. En medio del caos siempre habrá alguien que saque una melodía en medio del ruido, y a partir de ésta, el ruido puede o imponerse (caos), o armonizarse en una melodía que, en el mejor de los casos, construya una canción.

Esta metáfora musical me lleva a recordar la película Los chicos del coro (Barratier, 2004), donde un profesor vigilante logra reorientar a un grupo de alumnos problemáticos gracias a la música. Es en el coro que monta el protagonista donde los alumnos encuentran, de algún modo, su manera de destacar en un mundo que parece totalmente ajeno a ellos. La experiencia musical, aterrizada en acciones cotidianas e inesperadas, fomenta la conciencia del grupo y de los individuos que lo componen, proporcionando sinergias que dan sentido a su estancia en el internado. Así, la “empresa musical” no solo promueve la organización humana del centro, también el contacto con lo externo a éste. Como el coro musical, la empresa debe orientarse hacia una meta que se abra a la sociedad. Cuanto más beneficio aporte a terceros, más demanda tendrá y mejor podrá consolidarse y crecer dentro de la comunidad.

Enseñar al alumno que la empresa puede ser una nota, o incluso una canción dentro de la gran sinfonía social, le ayudará a comprender que este ente jurídico (en sus múltiples formas legales) es fundamental para generar riqueza, pues igual que sin trabajadores no hay empresa, no hay empresa sin trabajadores. Además, deben poder comprobar que el empresario es forzosamente el primero de los trabajadores: aquel que se responsabiliza de los demás, de sus nóminas, de sus tareas individuales y en conjunto, y de la continuidad del negocio en sí. Lógicamente existen malas empresas y empresarios, y por supuesto malos trabajadores, pero ello no mina la importancia de aportar valor mediante el intercambio comercial.

Con acciones como la destacada en el instituto Azorín, los alumnos aprenden tanto sobre la actividad comercial, como sobre sí mismos y sus capacidades la hora de tomar y liderar decisiones. Enseñar a hacer algo es ayudar a hacerlo en adelante, y volviendo al ejemplo de la película, si queremos escuchar sinfonías mañana, tendremos que mimar a quien muestre inquietudes musicales hoy.

En definitiva, hablar de educación es hablar de futuro, y todo cuanto fomente la autonomía del sujeto debería ser protegido y preservado. En la creación de una empresa se asumen riesgos, sí, pero es más peligroso hacer creer que el éxito vendrá sin esfuerzo y con mucha suerte. Por mi parte, solo me queda felicitar a las profesoras implicadas en el proyecto, y desear que estos jóvenes emprendedores hayan tomado buena nota y nos dejen boquiabiertos con sus futuras empresas. Bien lo merecerán ellos, y bien lo merecerá Yecla.

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