spot_img

La mayor historia de Yecla está enterrada

Pasear por el cementerio es también hojear la historia de Yecla y a cada uno de los protagonistas de esta ciudad que nos han precedido

Antonio M. Quintanilla Puche

No tengo por costumbre visitar el cementerio de Yecla. La primera razón es porque me estremece sobremanera andar entre nichos y tumbas. A los muertos hay que dejarlos que en paz descansen porque ya le hemos dado bastante la lata cuando estaban vivos y coleando. Soy muy miedoso desde que era crío. Cuando me quedo solo en casa enciendo prácticamente todas las luces y las puertas de armarios y habitaciones bien cerradas. Cuando era pequeño y se hacía de noche salía corriendo para que mi sombra no me alcanzara. Pero, a pesar de ser tan sumamente miedica, el segundo motivo por el que en contadas ocasiones, o en ninguna, me verán deambular por el camposanto es porque cada vez que acudo a un entierro y se me ocurre darme una vuelta para visitar a los míos, siempre por supuesto que no haya empezado a oscurecer, se me pasan las horas volando hasta tal punto que no encuentro el momento de salir de allí deteniéndome para repasar todas las lápidas que encuentro a mi paso. Ya sé que es una atracción enormemente contradictória e ilógica en una persona tan miedosa como un servidor.

Es como esas películas de terror que nunca quieres ver pero que alguna vez te enganchan hasta el final aunque tengas que verlas de principio a fin tapándote los ojos y los oidos. Porque en el cementerio, a pesar de ir con el estómago encogido, me da por detenerme parsimonioso llevado por esa curiosidad misteriosa y morbosa que todos llevamos dentro de comprobar si conocemos a los difuntos cuyas fotografías nos paramos a observar como disimulando para que los muertos que están bajo tierra o detrás de las losas no se den cuenta de que los estamos fisgoneando. Como se suele decir en estos casos, a cierta edad ya casi conocemos más gente en la necrópolis yeclana que por nuestras calles. Y todo lo dicho hasta ahora me lleva a la conclusión de que tanto los yeclanos que ya descansan al otro lado del Castillo como los que todavía andamos por aquí sin saber hasta cuándo somos capítulos de la historia de Yecla. Es más, desconozco si habrá más yeclanos enterrados que yeclanos vivos, pero de alguna manera el camposanto encierra la mayor historia de Yecla que podamos ponernos a repasar. Cada nombre, apellido y fecha sobre las lápidas inscritas en mármol es como una página de nuestra historia local. Cada difunto vivió una época y un contexto concreto de Yecla y sus circunstancias personales se sumaron a las de los vecinos de este pueblo que compartiron los mismos años. Gente que sacó adelante a sus familias, levantó negocios, trabajó en el campo o en una fábrica. Personas que hicieron lo que pudieron con lo que les tocó vivir y que, seguramente sin proponérselo, contribuyeron a construir esta Yecla que ahora habitamos nosotros. Por eso pasear por el cementerio es también hojear nuestra historia en la que reconocemos a los protagonistas. Quizás por eso me cuesta más salir del cementerio que entrar. Porque cada pocos pasos encuentro a alguien que en silencio me habla desde el más allá de mi propia vida. Uno empieza visitando a sus muertos y termina repasando todo lo que ha vivido con ellos y entre ellos.

spot_img
spot_img

Más artículos

Artículos relacionados

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

Últimos artículos