La baja laboral postvacacional debería ser un derecho fundamental, la mayor conquista pactada entre sindicatos y patronal
Antonio M. Quintanilla Puche
La baja laboral postvacacional debería constar como un derecho humano fundamental, la mayor conquista sociolaboral pactada entre sindicatos y patronal (y nadie me convencerá nunca de lo contrario). El ser humano (creo que aún queda alguno cacareando y con plumas por ahí), no fue creado biológicamente para pasar de tomarse un granizado bostezando como un hipopótamo a aporrearle la oreja el despertador. Es un choque emocional en plan trauma piscológico tan severo que debería venir acompañado de una baja médica automática de tres semanas y una caja de ansiolíticos envuelta en papel de regalo. La verdadera tragedia del regreso de las vacaciones no es que se acabe el calor ni que haya que volver a ponerse pantalones largos (a Dios gracias). La espantosa tragedia al cruzar la puerta del trabajo o de tu casa es descubrir la verdad más cruda y cruel de nuestra mísera e insignificante existencia: ¡Todo, absolutamente todo, continúa exactamente igual que cuando nos marchamos! (Muero porque no muero y tan alta dicha espero que muero porque no muero, como decía la famosa santa cada vez que fracasaba intentando atinar con la receta de las sabrosísimas yemas a las que puso su nombre).

Y es que durante el espejismo mágico de las vacaciones pensamos que al volver al menos algo habrá cambiado; que la empresa se habrá fusionado con una multinacional americana por lo que tu jefe se mudará a Nueva Zelanda para siempre o que, milagrosamente, la agenda de compromisos pendientes que dejamos en el cajón se habrá disuelto en el aire por combustión espontánea. Nos imaginábamos regresando a Yecla en plan épico, como un héroe que vuelve de su odisea veraniega para contemplar lo maravillosamente perfecta que ha quedado la cúpula (ó cópula, como dice alguno que no aprobaba el curso ni regalándole al maestro la matanza de cada año). Pero la realidad es un cubo de agua helada en mitad del sueño profundo. Abres la puerta, enciendes el ordenador y ahí está el mismo correo sin responder desde julio, la misma máquina de agua que sabe a plástico, la misma gotera y la misma conversación sobre el tiempo en el ascensor. Espantoso. Nada ha cambiado, salvo nuestro saldo bancario. “Lo miro y no doy crédito”, no lo decimos nosotros. Es lo que nos responden todos los directores de bancos y cajas a quienes no hay manera de convencer de que el descubierto solo durará dos días. Todo sigue como siempre, como si las vacaciones hubieran sido una alucinación febril. Por eso reitero mil veces y con vehemencia que debemos exigir la baja postvacacional por enfermedad grave y casi crónica provocada por el choque con la cruda realidad. Tres semanas y alguna más como poco para aclimatarnos y volver a ser simples e insípidos mortales. Mientras la ley no lo contemple así, solo nos queda regresar cabizbajos, caminando como alma en pena, dando tumbos, mirando fijamente al infinito, con esa cara con sonrisa de bobo que ponemos cuando nos encontramos de frente con alguien que no queremos ver nunca ni en pintura y al que seguro tras las vacaciones nos lo seguiremos encontrando cuando menos lo esperemos. Y, si no, al tiempo.













