Salvador Ibáñez Carpena
Si eres fiel seguidor de las redes sociales o amante de las tertulias televisivas, radiofónicas o simplemente entre amigos, seguro que conoces la frase de “abrir un melón”.
Sobre todo en periodo estival, esta práctica precede a la grata experiencia de degustar estas voluminosas frutas, cuyo contenido en nutrientes lo convierten en un alimento esencial para nuestro organismo.
Es, por tanto, una expresión netamente relacionada con la alimentación, excepto cuando se utiliza como detonante de una discrepancia o debate sobre cualquier cuestión.
Actualmente está muy en boga referirse al clima y sus consecuencias medioambientales y por supuesto a cómo afecta a la vida en general.
Este verano de 2026, está siendo quizá uno de los más cálidos desde hace décadas, batiendo récords por doquier y sus efectos están siendo claramente desfavorables, originando motivos de mención en cualquier lugar.
Es por ello por lo que me atrevo a “abrir un melón” lanzando un interrogante que, a título personal, me genera una gran preocupación: ¿Estamos ante el cruel escenario de un incisivo y progresivo cambio climático o asistimos a un proceso cíclico de adversidades y vaivenes meteorológicos, trato de los caprichos de la naturaleza?
En lenguaje coloquial como quien dice, son expresiones cotidianas el propio cambio climático, noches ecuatoriales o tropicales, estrés térmico, golpes de calor, amplitud térmica y otras tantas. ¿Creéis que es motivo suficiente como para reflexionar profundamente sobre ello?
Mares y océanos sobrecalentados, grandes ríos con su osamenta al descubierto, latitudes donde el mercurio es benévolo y su templanza una tónica habitual, castigadas claramente, ciclones indomables, riadas deglutiendo vorazmente todo lo que a su paso encuentran…

Personalmente percibo que el planeta que habitamos, LA TIERRA, nos está enviando claras señales de agotamiento debido a su maltratada fisionomía; una fisionomía ultrajada vilmente por las garras del mayor depredador existente como es el hombre.
Y como ser creyente que soy, me aferro a la idea de que, a pesar de la oscura coyuntura, sus heridas están a tiempo de poder cicatrizar ya que, de ser así, barrunto un futuro seriamente desalentador.
Soy consciente de mi ingenuidad, mas siento una necesidad imperiosa de reivindicar que éste nuestro planeta nos necesita y nos calma a pulmón abierto eso que hemos descuidado tanto como es el amor y el respeto por él.
Confieso que jamás hubiese querido abrir este melón tan amargo, pero mi corazón late apresurado al caer en la tentación de imaginar un horizonte donde no sea protagonista el color arcoíris.
La sociedad somos todos y es una en sí, y de ella depende que este gran monstruo que nos acecha y amenaza constantemente vea seducida su capacidad de acción y podamos soñar con un día de mañana más esperanzador.
Y tú, ¿estás conmigo?













