María Martínez Ponte (31 años), profesora de español en Francia, nos comparte sus retos profesionales y una batalla decisiva con el idioma que marcó su labor docente
Daniel Ortuño Ibáñez
El pasado mes de abril visitábamos Saint-Omer, un pequeño pueblo del norte de Francia, para conocer a María Elena Muñoz Verdú, una joven yeclana que trabaja como auxiliar de comunicación. Pues bien, este mes en “Yeclanos por el Mundo” viajamos por tercera vez al país vecino, concretamente a la ciudad de Lille —a unos pocos kilómetros de Saint-Omer—, donde vive María Martínez Ponte (31 años) desde septiembre de 2022.
Nos cuenta María que su decisión de mudarse a Francia fue, al mismo tiempo, planificada e improvisada. Su situación tanto personal como profesional preparó el camino para la búsqueda de nuevas oportunidades en el extranjero: “Yo estudié magisterio y me presenté a unas oposiciones hasta en dos ocasiones, pero no hubo suerte. Después de aquello, tuve algunos trabajos como profesora sustituta en colegios privados. Cuando se acabaron las sustituciones, como mi pareja estaba viviendo en Francia, decidimos mudarnos juntos y probar suerte allí”.
Al llegar a Lille, María empezó a poner anuncios para dar clases de español y a presentar solicitudes para participar en actividades extraescolares: “Como aquí la primaria y la secundaria están repartidas en tres tipos de centros (los ‘école’, los ‘collège’ y los ‘lycée’), tuve más opciones para solicitar”. Nuestra yeclana llegó a Francia en septiembre, y en diciembre ya había conseguido un puesto como profesora sustituta en un instituto público, dado que allí sí es posible hacerlo sin necesidad de haber aprobado unas oposiciones. En los meses siguientes, María pudo compaginar su cobertura de bajas docentes a tiempo parcial con clases de español a universitarios; y todo ello mientras preparaba unas nuevas oposiciones: “Me esforcé durante todo el año y al final logré pasar todas las pruebas. Me convertí oficialmente en funcionaria”, nos cuenta con orgullo.

Desde su experiencia como profesora, María afirma que lo más complicado son los horarios escolares, ya que en Francia es habitual entrar a las 8 de la mañana y salir a las 6 de la tarde: “Es cierto que hay días con horas libres entre clases en los que puedes descansar o adelantar trabajo, pero las últimas horas son difíciles porque los alumnos están muy cansados y los profes también. Ese sería el único aspecto que cambiaría de la educación aquí”. Nuestra yeclana también confiesa que el desafío más grande de su estancia tiene que ver con el idioma: “El francés ha marcado naturalmente mi camino desde que llegué: tuve que perfeccionarlo para trámites bancarios, para tener un buen nivel en clase, para las pruebas orales y escritas de las oposiciones… Todo estaba relacionado con la lengua, y hasta que no te sientes segura con ella es complicado hacer vida normal. De hecho, otro gran reto al principio fue tratar con alumnos que no te entienden del todo”.
A diferencia de lo que nuestras otras yeclanas nos relatan, María sostiene que la personalidad de españoles y franceses no es tan distinta: “Mucha gente me pregunta eso y la verdad es que yo no percibo tantas diferencias: la gente es muy acogedora y la comida está riquísima. Sí echo de menos nuestro clima, porque aquí la lluvia me molesta bastante y en verano hay demasiados cambios bruscos de tiempo”. Sobre sus regresos a Yecla, María se muestra satisfecha por poder volver cada dos meses y visitar a su familia y sus amigas: “En Yecla lo tenemos todo a mano, y es algo de agradecer en comparación con una ciudad grande como Lille”. Respecto a su futuro próximo, María tiene claros sus planes: “De momento, teniendo una vida y trabajo estables, sé que seguiremos en Francia unos cuantos años más. Aun así, tampoco me cierro a la posibilidad de volver a nuestro país algún día e intentar continuar allí mi labor como profesora”.













