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La otra gran victoria del Mundial

Durante el Mundial dejamos a un lado todas las broncas políticas por la sencilla razón de que no hablábamos de política

Antonio M. Quintanilla Puche

En este bendito país somos capaces de empezar día sí y día también una guerra civil en cada sobremesa. Estás en el bar, comentas el telediario y en cinco minutos tienes una trinchera montada entre la máquina de tabaco y el grifo de cerveza. La polarización la llevamos en el DNI del ADN porque aquí el que no opina con un cuchillo entre los dientes no tiene sangre en las venas. La política no deja de suministrarnos munición recordándonos a diario que al vecino de abajo hay que exterminarlo porque ni vota ni piensa como nosotros. (Digo siempre el vecino de abajo porque abajo no tengo vecinos y así me evito malas caras en esta nuestra comunidad).

Pero no es así ni de lejos aunque los políticos nunca entenderán que para fortalecer la Democracia tenemos que pensar todos de manera distinta. La prueba del algodón está en que de repente llega el Mundial y sucede el milagro que ni la ONU ni el Congreso de los Diputados ni el Pleno del Ayunta-miento, verán nunca. De pronto, el más ultraconservador y el más anarquista y antisistema se abrazan excitados al borde del infarto celebrando un gol de España en el tiempo de descuento. El fútbol tiene el poder de dejarnos el cerebro en punto muerto, como en modo amnesia. Durante el Mundial nos ha dado exactamente lo mismo lo que piense cada uno sobre cómo está el charco de la política, el sexo del vecino de abajo (otra vez el vecino de abajo) y el de su pareja o que las guerras y el hambre continúen apilando muertos a diario. A todos los que están viendo el partido a nuestro alrededor los tratamos mejor que a nuestra familia, (o a casi toda nuestra familia). Solo nos falta unirnos en santo matrimonio sellando nuestra unión con un beso en la boca de los que en nuestra juventud hacían historia… El fútbol activa nuestro sentido más primitivo y gamberro que nos lleva a saltar, gritar, llorar y rabiar por un resultado que, bien pensado, no alterará nuestras vidas en nada. Y es que de fútbol puede hablar cualquiera, pero debatir de los problemas que más nos agobian exige tener un mínimo de dos dedos de frente. En el Mundial decíamos cualquier barbaridad y siempre había alguno al lado para darnos la razón como a los tontos.

Nos lo tenemos que hacer mirar: nuestra sociedad siempre parece estar a punto de saltar por los aires pero surge el fútbol y nos abrazamos a moco tendido con el primero que pasa por la puerta. El Mundial nos ha demostrado que a pesar de tanta polarización nos encanta y creo que hasta deseamos estar juntos aunque necesitemos tener un balón de por medio para hacer piña sin pedirnos antes el carné del partido… Porque el único partido que nos importa es el que juega la Selección. Y en ese sentido España ha ganado el Mundial por partida doble, y no es por lograr la segunda estrella, sino porque además ha vuelto a unirnos como deberíamos estar siempre. Y luego que cada cual piense lo que quiera y vote a quien le dé la gana. Durante el Mundial dejamos a un lado todas las broncas políticas por la sencilla razón de que no hablabámos de política. O dicho de otra manera: durante el Mundial la Selección nos unió por la sencilla razón de que solo hablábamos de la Selección.

 

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