Navidades en tránsito

De nuevo nos enfrentamos al trance de vivir otras Navidades embarazosas y complejas porque esta detestable pandemia se ha asentado entre nosotros como las garrapatas suelen hacer con los perros, y al parecer lleva la intención de no dejar títere con cabeza en éste nuestro terrenal guiñol. Precisamente, días tan señalados en la vida de cualquier persona que se digne catalogar como racional, sensible y emotiva, tras llevar arrastrando durante tantos meses el desconcierto emocional generado por la crisis vírica, la ofuscación política, el desfase económico y el menosprecio a los valores tradicionales, y después de vivir tanto tiempo entre desazones y contratiempos, nadie puede dudar que se esperaba como el agua de mayo esta Navidad y pudiese volver a ser como Dios manda, pero no, nada de eso, de nuevo el dichoso Covid, ahora con cara diferente, nos viene a incordiar generando entre familiares y amigos el miedo a la enfermedad y no menos a la muerte, como de tal modo ha demostrado ser capaz en su propagación sin que podamos hacer otra cosa que ampararnos en la vacuna, no olvidar la mascarilla y guardar la distancia exigida.

Al repasar la historia, no es la primera vez que estas fechas tan importantes de final del ciclo anual trascienden de forma tan impropia, aun estando enmarcadas en la relación intimista de trato entrañable y que obligatoriamente se vienen complementando con besos y abrazos, días estos donde las carantoñas, arrumacos y caricias son la esencia que justifican el vínculo y la afinidad familiar por excelencia.

Durante toda una vida, inclusive por muy corta que sea, nunca faltan episodios negativos en cualquier existencia inherentes de la condición humana, bastando una interferencia dolorosa o lacerante para que todo cuanto nos rodea de la noche a la mañana se trastoque, como viene a ser la falta de un ser querido, una contienda civil, un divorcio familiar o ruina económica, todo ello son circunstancias ineludibles para provocar que cualquier Navidad se posponga por tales tránsitos ocasionales y se derogue para otra ocasión.

Hasta ahora nunca habíamos conocido que una plaga vírica pudiese perturbar de tal modo unas celebraciones tan fraternales e intimas, como ha ocurrido en la historia del hombre y durante los últimos siglos el hecho ineludible de la Navidad, hasta en tiempos de guerra se llegó a vivir plenamente.

Ya en épocas anteriores los romanos celebraban la Saturnalia, y en tantos y diferentes pueblos de todo el orbe esta época era asociada con el nacimiento de la vida en la tierra, y la ocasión para que los niños recibiesen regalos en las figuras de los Reyes Magos, San Nicolas, Santa Claus o Papa Noel, suponiendo esos marcados momentos una circunstancia solícita y próxima al vivirse a la vez en todo el mundo, pero en esta ocasión nos sentimos como castigados a sufrir su celebración porque unos bichos renovados por sí mismos en mil y un pérfidos gusarapos se han empeñado en hacernos la pascua, nunca mejor dicho.

Y para más inri, porque los males nunca vienen solos, durante las fiestas patronales de Yecla, en el momento de la ofrenda a la Patrona, por semejante anomalía vírica las mujeres que aprovechan para hacer alarde de sus encantos, coquetería y embrujo, se han visto obligadas a ocultar su faz desfilando como meros maniquíes en una amorfa uniformidad.
¿Cómo ha podido algo tan insignificante, invisible e insustancial conseguir cambiar el proceso natural humano de la vida diaria?. Me viene a la memoria la sabia salida de mi Abuela Adela, religiosa por excelencia, cuando le comentábamos que el infierno no existía, y que

recientemente el Papa Francisco acaba de ratificar, a lo que contestó:
–¡Odo!, entonces los demonios tienen que andar por ahí sueltos—
Será que éste desconcierto que estamos viviendo solo puede explicarse considerando que una miríada de malignos demonios al no tener donde aposentarse se acomodan tan panchos en los organismos humanos, como hacen los “ocupas” al instalarse en viviendas ajenas y poco es cuanto podemos hacer.

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