El preocupante informe PISA publicado recientemente es también un suspenso y un fracaso para padres y profesores
Antonio M. Quintanilla Puche
De cara a los lectores más jóvenes, recordémosles que en nuestros años mozos entendíamos por calabazas los suspensos que cosechaban los alumnos a final de curso. En nuestra EGB solo pasaban al curso siguiente los que no habían suspendido más de dos asignaturas, al contrario de los que siempre obteníamos año tras año matrículas de honor, cum laude, título extraordinario de excelencia y diploma de agradecimiento con metopa y cornucopia dorada y tallada de manos del claustro de profesores. (Allá su conciencia si usted cree que estoy faltando a la verdad). Obtener una abultada cosecha de calabazas suponía pasar todas las vacaciones de verano apretando los codos para intentar aprobar los exámenes de recuperación de septiembre que, en caso de volver a recolectar más frutos de la familia de las cucurbitáceas, te ibas directamente a repetir el curso con el pelotón de los torpes. Daba igual que fuera una calabaza totanera o de cualquier otro tipo porque no te salvaba nadie. Recordemos también por aquellos años no existía Halloween por lo que no nos valía la excusa de que habíamos sacado tantas calabazas llevados del noble y magnánimo fin de ahorrarle a nuestra familia un considerable desembolso económico al no tenerlas que comprar ninguna calabaza cuando llegara la festividad de los muertos (valga el oxímoron). Dicha sea esta puntualización dirigida a adolescentes y jovenarios a propósito del último informe PISA, aunque tras conocer la nula comprensión lectora de los alumnos de hoy dudo mucho que alguno tenga el más mínimo interés en leer estas líneas por temor a que se le corte la respiración o entre en shock su cerebro. O el nuestro.

Porque cada vez que aparece un informe PISA nos escandalizamos y nos ponemos a buscar culpables, aunque se nos pasa el ansia en un suspiro. Pero ante tan escabrosos resultados deberíamos preguntarnos si no deberíamos volver a apretar las clavijas aún a riesgo de que la chavalería nos denuncie por maltrato. Es lo que tiene criar a los hijos entre algodones y paños calientes porque los acabamos convirtiendo en medio gilipollas (que según la RAE significa, copio y pego: persona necia, estúpida, tonta o poco inteligente). Y perdón por la crueldad y brutalidad de mis palabras, o falta de empatía como se dice ahora para amortiguar el golpe. Al menos reconozcamos que las calabazas del informe PISA son también un suspenso y un fracaso de padres, educadores o maestros incapaces de desenvolvernos entre tanta burocracia, políticos cantamañanas, progenitores intransigentes y permisivos hasta la nausea, nuevas tecnologías y metodologías y leyes educativas que cambian con más frecuencia que el Real Madrí de entrenador. La cultura del trabajo y del esfuerzo suena anticuada, retrógrada, cavernícola, a pesar de que la solución para remontar sea escandalosamente sencilla: leer más, respetar al profesor, recuperar la autoridad, valorar el conocimiento y, lo vuelvo a repetir, poner otra vez de moda una palabra peligrosísima que suena casi a fascista y dictatorial: esfuerzo. De lo contrario llegarán más informes PISA cargados de calabazas para todos. Y mientras los alumnos seguirán pagando el pato únicamente por nuestra culpa.













