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Juan Muñoz Gil: El perrero municipal

Juan Muñoz Gil

Allá por la mitad del pasado siglo, en Yecla existían funcionarios municipales muy característicos como en tantos otros pueblos de España, y eran el Convocaor, el Pregonero y en el caso que nos ocupa, el Perrero. Cada cual con una misión muy específica caracterizándoles como personajes peculiares de la ciudad donde realizaban su trabajo. Concretamente el del Perrero era recoger los perros sin amo que vagabundeaban por las calles incordiando a los vecinos con ladridos, miedo a ser atacados, suciedad supina, trasmisión de parásitos, sarna, rabia, etc. Y utilizaba para reducir a dichos animales un lazo articulado en una barra de hierro con la que trataba de defenderse para apartar al animal enfurecido al ser capturado impidiendo  que pudiese lastimar a su persona,  y una vez el animal sujeto en la lazada era trasladado a los corrales de la Plaza de Toros, donde se había destinado uno de los chiqueros para mantener a los animales capturados durante un par de días, y caso de no presentarse un dueño que lo reclamase, se sacrificaba utilizando la horca para su eliminación al no existir en aquellos tiempos medios químicos adecuados para no traumatizar al animal.

El ultimo que hubo en Yecla se llamaba Juanico, hombre  rechoncho con su raída gorra de plato advirtiendo autoridad, vivía en la ultima casa de la Calle Quevedo y su actividad se incrementaba durante las procesiones y entierros ya que en aquellos años al difunto se procesionaba desde su domicilio a la Iglesia y tras el funeral al cementerio, pero sobre todo se incrementaba la labor de este munícipe cuando  el pueblo sufría alguna epidemia infecciosa, considerando que los perros callejeros, al carecer de atención alguna, podrían ser los causantes de cualquier mal contagioso.

El lazo que utilizaban la mayoría de los Perreros Españoles fue creado por Aniceto Petit, que realizó su misión en la ciudad de Pamplona durante muchos años y hasta su muerte considerado como personaje muy popular de aquella ciudad, también antes de dicho lazo se empleaban látigos largos para espantar a los animales sin dueño por las calles, especialmente en actos populares masivos que congregaban a las gentes en las vías públicas, aunque fue el lazo la herramienta elegida por su eficacia en la reducción de estos animales.

En ocasiones, ocurría que el Perrero era solicitado por cualquier ciudadano que necesitaba sus servicios cuando su animal doméstico, así eran todos los perros en aquellos años mantenidos por su utilidad como guardianes de la casa, ladrando al aparecer algún extraño, eliminar roedores, y en los campos realizando la función de pastores vigilantes de rebaños o ahuyentando alimañas y bichos raros, pero al no realizar la función por la que eran alimentados, sus dueños llamaban al Perrero para deshacerse de ellos.

En literatura, la similitud de ciertos lances propios del mundo animal se pretende convalidar o corroborar con actividades humanas de esa forma tan elogiada a lo largo de los tiempos en el ámbito literario como son las fabulas, magistralmente creadas por Esopo, Samaniego, Iriarte, La Fontaine, etc.  Porque en la vida siempre hay un roto para un descosido confabulando relatos donde se buscan tres pies al gato para lograr una enseñanza o cuanto menos amenizar la charra con un comentario sarcástico por ser muy de elogiar entre  colegas tertulianos. Recientemente nuestro Presidente Sánchez dijo en sede Parlamentaria ser “perro sin amo” y de estar en los años 50 del siglo XX, un Perrero Municipal lo habría capturado y retenido en los corrales habilitados para ello, esperando que algún amo lo reclamase y concretamente en este caso, solamente los votos logrados en las inminentes elecciones, ya a la vuelta de la esquina, podrían ser su estanciero liberador, de lo contrario…

Hoy nadie recuerda las degradantes actuaciones, aunque legales, de aquel funcionario municipal, como también será triste la memoria de algunos ladinos políticos que pasan por la vida dejando un rastro  más bien  propio de un cólico miserere que de una función pública digna y encomiable.

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