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De cuando nuestro señor Don Quijote avistó a los gigantes en tierras extrañas

Magdalena García

Iba el caballero a lomos de su rocín platicando con su escudero por el camino cuando avistó en el horizonte una gran cúpula blanquiañil que serpenteaba en el cielo inmaculado de un paraje reseco y áspero.

Detúvose, ipsofactamente, don Quijote para alzar en su dirección la lanza con la diestra y descalzose la bacía con la siniestra para rascar la enjuta testa y a continuación manifestole a Sancho sus ya no infundadas sospechas:

– Que digo, Sancho, que no hemos errado el camino, como tú pensabas, ésta es la alta prueba de mis conjeturas, no cabe yerro alguno, los gigantes han pasado por estos lares y han dejado mellada de cerámicas esta magnífica cúpula para amedrentarnos.

– Mi señor; que no, que no, (quite, quite). Sentí, cerca del pueblo, que los recios vientos de este invierno han sido los culpables de tremenda tropelía. Y que este extravío no es obra de gigantes, como usted asegura. Que no es ningún manifiesto del paso de esos malandrines y que mejor no tentar en más hazañas; que le recuerdo, vuesa merced, que la última no nos trajo más que quebrantos de huesos y untes de bálsamos. Desviemos pues nuestro camino, reservándonos para otras aventuras más dichosas y provechosas. Que también sentí que estos “yeclanos”, llamados extranjeros, son muy suyos, muy rudos y cerrados de mollera. Mejor huir de estas gentes no tentando al diablo…

– Sancho, Sancho, no es tu alma la que habla sino tu estómago vacío. Buscaremos una posada para saciar esa inquietud con buen pan, aceite y vino que sé a buen seguro que estas gentes son especializadas en éstos y otros manjares, reparadores de cuerpo y espíritu.

– No niego a vuesa merced que necesito hincar el diente y remojar las tripas con tan afamadas exquisiteces mas sabe uno más por viejo que por diablo y me da en las narices que no es buena idea.

A esto que pasaba por allí un pobre labriego con su mula, todo polvoriento y cubierto de lutos hasta por las orejas.

Admirado de tan extravagante encuentro no osó en levantar la vista, pero sí acertó en abrir la boca desdentada de tan grande sorpresa.
– Mira, Sancho, este buen hombre nos indicará posada y si ha avistado a los gigantes.
– Y dale.

– No podemos abandonar a estas pobres gentes en este trance. ¡Qué no serán capaces estos gigantes de desfacer si ya la han emprendido hasta con la Iglesia! Voy a informar a este yeclano que su infortunio se ha mudado en buena suerte. Que el gentil caballero D. Quijote de la Mancha y su escudero reparará el agravio. Y recordará esta hazaña para sus restos como una grande historia vivida del paso dichoso del este afamado caballero.

– Para mí, señor, que este labriego es mudo; dejémosle en paz y reemprendamos el camino.
– Querido Sancho; no sería noble ni menesteroso agraviar la fama de los caballeros pues mi alta moral me obliga a desfacer entuertos que, me temo, nosotros mismos, hemos traído. Pues estos astutos gigantes nos han seguido todo el camino y se han adelantado para…
– Lo que nos ha seguido todo el camino, señor mío, interrumpió Sancho; son los recios soplos del viento y el tremendo frío. Busquemos los manjares, apacigüemos la sed y ya dirá Dios lo que nos sigue.

– ¡Qué escaso espíritu y raciocinio! Yo, os estimo en demasía mas he de reconducir tus paupérrimos principios en la razón y la cordura.
De este modo, con las indicaciones en el gesto del lugareño, arribaron hasta la basílica y, allí, emperrose el distinguido desfacedor de entuertos en ascender hasta la cúpula para esconderse y sorprender a los malhechores y evitar una nueva arremetida contra los manises.

-Mi señor, desista, por Dios, de esta alta empresa. Los gigantes han huido ya temerosos de su lanza y valentía y, déjese de estos menesteres y de buscar tres pies al gato; que encaramarse como los monos no está a la altura de un caballero.

-Pobre, Sancho, cegado por esos malandrines no podéis ver la envergadura de esta alzada aventura. Esto, con certeza, nos proporcionará la fama en todo el globo y nuestro nombre no sólo estará a la altura del cielo. Y, mi querido amigo, que sepas que no existe mayor prenda ni en tierra ni en paraíso.

Pronto el gentío se arremolinó en torno a la Iglesia. Vociferaba la muchedumbre enfebrecida; algunos increpando, otros temerosos; otros con los ojos cerrados suplicaban que bajaran del muro eclesiástico al escuálido loco.

Mientras, Sancho, desde abajo suplicaba:
– Señor, don Quijote, por lo que más quiera, desista, y si en verdad me estima, deje a estas hurañas gentes que solucionen sus cuitas; va a dar con sus huesos en la tierra y será su alma la que “trascienda” antes de tiempo al reino celestial.

No terminando Sancho esta última frase, el noble, ya encaramado en el primer tramo del muro sagrado trastabilló con tan mala fortuna que quedó prendido de la lanza que portaba y que había quedado hincada entre una de las junturas. En el trance se le habían deslizado los calzones dejando las nobilísimas y caballerescas posaderas al aire.

Al punto, la situación se había tornado en jocosa y esos yeclanos, otrora temerosos, prorrumpieron en profusas carcajadas pues la estampa no prestose a otra cosa que fuese la burla; el esperpento colgante y descalzonado se balanceaba fuertemente, cual bandera en su asta, empujado por el fuerte viento que arreciaba.

El labriego, que había llegado hasta allí, llevado por el griterío del pueblo, dirigiéndose al interfecto, para vociferarle:
-Tremendo salvador estáis hecho, señor mío, que no soy mudo de habla sino precavido de las piltrafas y de los ligeros de cascos como vos, ja, ja, ja, ja…

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