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Yecla
domingo, 15 marzo, 2026
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Un fenómeno digno de estudio

Antonio M. Quintanilla Puche

Desde que hace 13 años echó a andar la Ruta del Vino y la Tapa (en adelante la Ruta, como mi amiga), vengo lamentando casi literalmente lo mismo. Y nada, los aludidos, como si nada. Pero por intentarlo otra vez que no quede. Vamos a ello: Me llama muchísimo la atención que cuando termina cada edición de la Ruta ocurre un fenómeno digno de estudio antropológico: nuestra pasión por los vinos de Yecla y la hostelería local se esfuma más rápido que un pastel en la puerta de un colegio. Pasamos 15 días como si no hubiera un mañana, llenando hasta la bandera los bares y restaurantes participantes, recorriéndolos con más devoción que un peregrino y hablando de vinos como si cada uno de nosotros fuera catedrático en enología. De ahí para arriba. Pero se clausura la Ruta y de repente, todos volvemos a casa como si hubiéramos sufrido una amnesia colectiva. Más o menos como ocurre en la Bajada o en el Domingo de Resurrección: en cuanto se pone punto y final en menos de 10 minutos las calles vuelven a parecer las de un pueblo abandonado del Oeste. En este caso del Suroeste. ¿Tapas? ¿Vinos de Yecla? ¿Salir a apoyar a la hostelería local? Uy, qué pereza, mejor otro día. Hoy no, mañana.

Es asombroso: durante la Ruta, batallamos por una mesa o por un hueco en la barra, nos indignamos si tardan más de diez minutos en servirnos y presumimos de haber probado todas las propuestas gastronómicas y vinícolas enseñando la cartilla sellada como si fuera una medalla olímpica. Pero al día siguiente de despedirse la Ruta, volvemos a la rutinaria marcha de siempre. Y todos la asumimos con una naturalidad pasmosa, como si la hostelería solo existiera para hacernos salir de casa a diario tres o cuatro semanas al año y el resto del tiempo pudiera sobrevivir a base de aire y buenas intenciones. Nos encanta, y con toda la razón, presumir de los vinos de Yecla, nos flipan las tapas creativas, pero solo como nominadas a los premios que otorga la Ruta cada año. Porque en cuanto la Ruta se despide se nos desinfla el entusiasmo gastronómico-vinatero como un globo al final de una fiesta. Y claro, luego nos preguntamos por qué los bares no mantienen esas tapas maravillosas durante el año. Pues mire usted, sí, sí, usted: porque si las mantuvieran muchos ni las pedirían. Porque sin el estímulo de la Ruta, sin el “a ver si completo la cartilla”, sin el “vamos que hoy toca la tapa de tal o tal sitio” la mayoría vuelve a su rutina de sofá, tele y “ya saldremos otro día”. Y ese “otro día” nunca llega. La hostelería hace un esfuerzo digno de agradecer durante la Ruta. Lo más irónico es que luego nos quejamos de que “en Yecla no hay ambiente entre semana”, como si cada uno de nosotros no tuviéramos nada que ver. Los yeclanos somos especialistas en echarle siempre el muerto a los demás. Porque si en este sentido no levantamos el ánimo todos y cada uno de nosotros, la Ruta del Vino y la Tapa de Yecla seguirá siendo un espejismo que desaparece en cuanto se acaba y empezamos a esperar la siguiente edición del año que viene. Y así llevamos ya 13 largos años. Demasiados.

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