Tenerla presente hoy (y siempre) después de 30 años sin ella es un acto de justicia y de amor hacia Mariluz Puche
Antonio M. Quintanilla
Han pasado 30 años desde que nos dejó nuestra prima Mariluz Puche Martínez, precursora de la Educación de Adultos en Yecla. Sin embargo, su presencia sigue viva en cada aula del actual Centro de Educación de Adultos (CEA Yecla), en cada uno de los alumnos que un día creyeron que nunca es tarde para aprender, en cada persona que encontró en ella no solo una maestra, sino una amiga incondicional. Mariluz fue una mujer adelantada a su tiempo en una época en la que todo estaba por hacer, cuando la educación de adultos era un terreno por explorar y la formación de quienes no habían podido estudiar quedaba relegada a un segundo plano, ella decidió abrir puertas donde solo había muros. Su vocación era su forma de vida, convencida de que “la educación transforma vidas y destinos”, como le escuchamos decir a Mariluz en muchas ocasiones más o menos con esas mismas palabras. Su pasión por la educación era tan intensa que Mariluz no enseñaba solo contenidos. Enseña-ba sobre todo a creer en uno mismo, a mirar hacia adelante sin miedo, a descubrir que el saber no tiene edad y que nunca es tarde para empezar. En aquellos años, cuando los recursos eran escasos y la estructura educativa para adultos apenas comenzaba a tomar forma, ella se convirtió en motor de un proyecto que hoy es referente en Yecla. Mariluz dedicaba horas infinitas a preparar clases, a visitar familias, a convencer a quienes habían renunciado a estudiar de que merecían una segunda oportunidad. Sabía que detrás de cada persona hay una historia de renuncias y sueños aplazados. Y se empeñó en que esos sueños no se perdieran. Su labor no se limitó a enseñar a leer, escribir o completar estudios básicos.

Mariluz ofrecía una formación humana íntegra y una mano tendida para quienes más lo necesitaban. Hoy, tres décadas después, el CEA Yecla sigue siendo un espacio de oportunidades y de esperanza. Y en cada rincón se percibe la huella de Mariluz. Su espíritu sigue presente en el profesorado, en la ilusión de los estudiantes y en la convicción de que la educación es un derecho que debe llegar a todos. (Qué gran acierto del CEA ponerle el nombre de Mariluz Puche al concurso de cuentos que anualmente publican en su periódico “El Reloj”). Tenerla presente hoy (y siempre) es un acto de justicia y es un acto de amor. Porque Mariluz, junto a todas sus compañeras con las que inició aquella incierta travesía hacia ninguna parte y que hoy la recuerdan como si ella siguiera a su lado, sembró una forma de entender la vida y la educación como un camino de superación permanente en la que trabajar ayudando a los demás es la mayor de las vocaciones y satisfacciones. Treinta años después, la luz de Mariluz sigue encendida. Y continuará iluminando mientras sigan matriculándose alumnos que, gracias a la semilla que plantó en la entonces Escuela de Adultos, hayan decidido darse una segunda oportunidad.
(Extracto del artículo publicado en el periódico ‘El Reloj’ que edita el CEA Yecla y que incluye el “Concurso de cuentos Mariluz Puche”).













