Antonio M. Quintanilla Puche
Quien no celebra el Día de la Madre o le parece que es una estupidez es porque jamás ha asistido a un parto. El “milagro de la vida”, dicen, como si fuera un anuncio de pañales con música suave y celestial. ¡Y una leche! Un parto es una auténtica carnicería, una batalla campal donde la madre sangra y lucha contra el dolor, el miedo y, a veces, contra un amable equipo médico que insiste en decir “relájate” como si eso fuera posible. Es el único momento en el que un ser humano (más conocido como mujer-madre), puede gritar, insultar, llorar, sudar, pedir anestesia, renegar de todo y aun así salir convertida en una súper heroína de Marvel. (Hasta puede jurarle y perjurarle a su marido mirándole a los ojos, en el caso de que el marido no se haya desmayado todavía, que nunca más volverá a compartir con él lecho ni apareamiento). El verdadero milagro de la vida es que tras la tortura de un parto haya madres que decidan volver a quedarse embarazadas.

Como ellas suelen decir: Si fuéramos los hombres los que pariéramos ninguna pareja tendría más de un hijo. Por eso el instinto maternal es insustituible. De ahí que solo las madres te muestran lo que tú no ves aunque esté delante de tus narices, te dicen la verdad a la cara aunque duela y te quieren con toda su alma incluso cuando ni tú mismo te soportas. Solo por eso tendría que ser obligatorio celebrar el Día de la Madre: derrochando gratitud y amor aunque por mucho que intentemos recompensarlas nunca estaremos a su altura. Y aun así nos quieren con locura, como solo es capaz de querer una madre. (Y quien no lo tenga claro es que ha tenido la mala suerte de tener un bicho en lugar de una madre). El Día de la Madre es una celebración transversal. Porque tú puedes ser ateo, creyente, agnóstico, budista o devoto de San Onán el Bárbaro o de Florentino Pérez (incluso esta temporada), pero si tienes madre, ese día te toca rendirte ante ella. Y si ya no la tienes, no dejes de recordarla ese día. Aunque si ya no está a tu lado seguro que la tendrás presente cada día del año. Y es que todas son igual de madres, que no es lo mismo que decir que todas las madres son iguales. Las más modernas educan en la igualdad, la justicia social y el reciclaje; las madres de toda la vida enseñan a no fiarse de nadie, a llevar siempre una chaqueta por si refresca y a no dejar comida en el plato porque es de mala educación.

Hay madres que rezan por ti, y otras que también pero lo llaman mandar buena energía. Y las conocidas como malas madres, que no son malas en absoluto, solo son humanas y necesitan esconderse en el baño cinco minutos para respirar y recordar quiénes eran antes de que un renacuajo las llamara “mamá” 300 veces al día. Están las madres trabajadoras, que salen de casa con el café en la mano, el bolso en el codo, el niño colgado del pantalón y la sensación permanente de estar olvidando algo. Y están las madres que trabajan sin salir de casa porque ellas lo han querido así y así será siempre porque nadie les va a dar nunca lecciones a una madre de cómo debe cuidar a sus hijos. Y si no compartes una a una cada palabra de este artículo te invito a que, seas hombre o mujer, te pongas de parto para que sepas lo que es dar a luz y vivas en primera persona el… ¿milagro de la vida? ¡Y una leche!













