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COSAS DE YECLANOS AUSENTES

A pesar de la distancia nunca dejaron de sentirse férreamente apegados a su pueblo y a sus Fiestas de la Virgen

Un poemilla de efervescente inspiración pueril fue lo primero que me publicaron allá a finales de los años 70 en el Programa de las Fiestas de la Virgen. Me sonrojo cada vez que intento recordarlo: “A las diez de la mañana / ya están en el jardín / y mientras consumen sus colillas / hablan de hijos y nietos / bajo el busto de Azorín”. Yo era un yeclano ausente adolescente, quejumbroso e inadaptado en Madrid y cada vez que me daba por escribir para desahogar mis pesadumbres quiceañeras casi siempre me dejaba llevar por mi morriña yeclana que me hacía estar todo el año deseando que empezara la temporada de caza para poder venir todos los fines de semana a Yecla. Mi padre fue un apasionado de la caza desde muy joven (aún guardo su carnet en el que figura como uno de los primeros socios de la Sociedad de Cazadores San Hubuerto).

En cuanto se abría la veda raro era el fin de semana que no llegábamos al pueblo el viernes a última hora de la tarde para regresar el domingo después de comer y después de que mi padre hubiera recorrido el término municipal durante todo el sábado y la mañana de domingo. Mi padre se conocía el nombre de todos los campos, montes, ramblas y caminos porque los había recorrido a pie decenas de veces durante muchos años esperando a que las perdices, liebres y conejos aparecieran en la mirilla de su escopeta tras ser alertado por su perro. O su perra, como se dice ahora, aunque yo lo digo para que me sirva de pie para contarles la anécdota de que todas las perras que tuvo mi padre las bautizó con el nombre de Canana y a todos los perros los llamó Cartucho. (Pero me he emocionado tanto recordando las andanzas cinegéticas de mi padre que me he desviado totalmente del tema que quería tratar y al cual regreso tras este paréntesis. Y ustedes perdonen este eufórico lapsus). Les decía que fue en el Programa de las Fiestas de la Virgen donde vi por vez primera publicada una ocurrencia mía y que recuerdo siempre que llega a mis manos una nueva edición de la Asociación de Mayordomos, como me ocurrió el pasado fin de semana en el Auditorio.

El Programa de las Fiestas fue durante muchas décadas la única publicación donde los aficionados locales a escribir podían enviar sus artículos y poemas con la esperanza de verlos publicados. Y junto a ellos los “yeclanos ausentes profesionales de la escritura” que, sin saberlo ellos, me metieron el gusanillo en el cuerpo después de que tuve la oportunidad de leer sus artículos originales de su puño y letra, incluso antes de que los remitieran a la Asociación, porque mis padres solían quedar en multitud de ocasiones con ellos en Madrid, como José Luis Castillo-Puche, mi tío Pablo Corbalán o Francisco Azorín Albiñana. En cuanto se acercaban estas fechas, las Fiestas de la Virgen ocupaban la mayoría de conversaciones de aquellos yeclanos ausentes pero que, a pesar de la distancia, nunca dejaron de sentirse férreamente apegados a su pueblo.

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