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DESGASTADOS

Ramón Puche Díaz – Filólogo y empresario

En las sociedades de gran parte del mundo, prevalece la percepción de que la convivencia política está muy erosionada.

Hace unas pocas décadas, las sociedades llamadas occidentales eran homogéneas: se aglutinaban en torno a un reducido abanico de demandas, banderas, creencias y roles. Los ciudadanos consumían a los mismos artistas, programas de televisión, novelas o lugares de vacaciones. Esa sociedad vivía en el mismo sistema democrático en el que vive la sociedad actual. Sin embargo, aquella sociedad ya no existe. La sociedad actual es otra; se ha transformado vertiginosamente impulsada por factores como los avances tecnológicos, internet, la explosión de los vuelos “low-cost”, procesos migratorios y la especialización de las disciplinas universitarias. Todo esto, sumado a la sociedad del bienestar, los avances médicos y el aumento en la esperanza de vida, junto con una superpoblación mundial, ha producido una revolución cultural e identitaria.

Es destacable, además, que en los países más avanzados existan tendencias de no pertenencia a dichas identidades culturales. Esto sucede en Francia, Italia, Gran Bretaña, España y hasta en Estados Unidos, probablemente el país que más ha invertido en patriotismo del mundo. Solo en Europa, han surgido más de doce países en las últimas cinco décadas.

Las religiones tampoco escapan a esta tendencia global, y en su seno nacen cada día más comunidades religiosas que amplían sus estructuras para acoger a distintos tipos de fieles con diversas necesidades.

 

En España, este desencuentro se manifestó con la ruptura del bipartidismo político: una gran parte de los ciudadanos sintió que sus representantes públicos no solo no solucionaban sus problemas reales, sino que estos parecían ocupados únicamente en su crecimiento electoral, valiéndose para ese fin del enfrentamiento y del desprecio hacia su rival. La ciudadanía, que no encuentra respuestas en los partidos tradicionales, las busca en nuevos partidos políticos, pero encuentra más de lo mismo, porque en realidad todos pertenecen al mismo sistema. Los partidos pivotan de un lado a otro del espectro ideológico, con más errores que aciertos, sin darse cuenta de que el problema no es que no “afinen” como antaño, sino que las ideologías que manejan también están desfasadas.

La izquierda se empeña continuamente en transformar la sociedad a su modo de verla con la lucha de clases y el capitalismo como mantra de fondo, sin percatarse de que en esa sociedad que desean solo caben ellos. Los conservadores añoran la homogeneidad social de antaño, adoptando ante la sociedad actual una actitud pasiva y renunciando a conocer una heterogeneidad real y rica. El liberal, con su individualismo autosuficiente, no reconoce que no todos quieren estar al frente de la lucha de los mercados y que hay personas que prefieren otro tipo de vida con distintos objetivos. Tanto unos como otros son excluyentes del resto. No existe ni un atisbo de esperanza de que alguien flexibilice su forma de hacer política hacia un camino inclusivo, coherente y respetuoso.

Esta situación ha creado una sensación de desapego hacia un sistema, la democracia, que durante mucho tiempo fue modelo para muchas sociedades avanzadas frente a sistemas más excluyentes y oscuros. La democracia está en crisis, y la sociedad, inmersa en una compleja transformación, observa cómo sus instituciones no dan solución a todo el panorama civil existente, ya que los recursos empleados son los mismos de hace décadas. Tenemos una democracia simple que no ha asimilado dicha complejidad. Hoy, todo está interrelacionado y así se deben plantear las soluciones, con la intención de cubrir el mayor número posible de necesidades, aunque evidentemente existan conflictos de difícil solución.
Hoy más que nunca, España necesita contar con una clase política que gobierne no solo para una base electoral, sino para el conjunto de la sociedad. Este modo de exclusión está causando un daño de difícil reversión y de consecuencias desconocidas.

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