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viernes, 1 marzo, 2024
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UNA BANDERA SOBRE NUESTRO TEJADO

Me ha servido de “pizarra” para explicarles a mi hijos cuatro cosillas sobre la historia de España, “el rollo de siempre de papá”, como dicen ellos

En alguna ocasión ya he contado las anécdotas que nos han surgido en torno a la bandera que hizamos cada vez que llegamos a nuestra casa de campo. Gracias a un gran mástil de los de verdad que me regalaron el año que alcancé la misma edad que Matusalén, (antes poníamos una bandera comprada en un chino atada con cinta aislante al palo de una escoba), nuestros vecinos de aquellos parajes saben que cuando la bandera está ondeando sobre nuestro tejado significa que andamos por allí. Y por las mismas, en cuanto ven que hemos arriado la bandera saben que hemos regresado al pueblo. La bandera también nos sirve para saber de qué lado está soplando el viento o si hace calma chica. Pero lo más peculiar y desternillante ocurre siempre que subimos o bajamos la bandera en presencia de alguna visita ya que se retratan ideológicamente según el comentario que sueltan y casi sin que ellos se den cuenta. Tenemos amigos que nada más ver la bandera exclaman: “Muy mal, tendrías que poner la bandera de la República”.

A otros, en cuanto me ven desplegarla les falta tiempo para exclamar: “El aguilucho, ¿dónde está el aguilucho?”. Otros, en tan solemne y campero acto, han puesto cara de constreñido diciendo: “Tendrías que poner la bandera del arco iris, la bandera del arco iris”. Alguna que otra vez hemos izado por unos días alguna bandera de otro país que, para darnos envidia cochina, nos han traído de recuerdo de algún viaje. Mi hijo mayor y sus “costra-amigos” enarbolan la bandera de las “Ramiríacas”, como llaman ellos al reecuentro que celebran allí anualmente durante los últimos días de julio desde que tras los estudios cada uno tomó un rumbo distinto para buscarse la vida. Este año un conocido nos prometió que nos iba a regalar la bandera de Ucrania, como repulsa a la cruel invasión de los hijos de Putin, pero aún la estamos esperando. Igualmente, hace años otro vecino también nos aseguró que nos iba a traer una bandera de Europa que le encantaría ver ondeando sobre nuestro tejado, pero por lo visto se debió ir a comprarla a Bruselas andando porque todavía la seguimos esperando.

Esa misma bandera de España que levantamos sobre nuestra casa me sirvió de “pizarra” en muchas ocasiones para contarles a mis hijos cuando eran unos críos un poco de historia de España. “El rollo de siempre de papá”, como llamaban ellos a mis didácticas e impagables clases, explicándoles el significado del escudo que figura sobre la franja amarilla: los reinos medievales de Castilla y León, las barras de Aragón, las cadenas de Navarra y bajo el blasón, una granada que representa (¡efectivamente, premio!), el Reino de Granada. La corona, las columnas de Hércules, el “Plus ultra”, las flores de lis de los borbones… En fin, toda la simbología de la bandera española que este 12 de octubre protagonizará los actos del Día de la Hispanidad y la que, precisamente por eso, me ha inspirado estas ‘Crónicas yeclanas’. Y porque además, mire usted, hoy por hoy no tenemos otra bandera. Que yo sepa, vamos.

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