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miércoles, 17 abril, 2024
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VERANOS CON LA TÍA ADELA

«Cuando éramos críos los veranos se hacían interminables, jugando o haciendo los deberes porque algún maestro nos había cogido manía y nos suspendía»

Se acabó el verano. Al primero que llegara a la conclusión de que el tiempo pasa volando se le debió ocurrir más o menos por ahora, al minuto siguiente de finalizar sus vacaciones. (Para Woody Allen el tiempo donde únicamente pasa volando es en los aviones). Cuando vas cumpliendo años el tiempo corre que se las pela. Al contrario de cuando éramos críos porque el verano se nos hacía interminable.

Tres meses de vacaciones que se hacían interminables, quizás porque cuando eres niño no tienes necesidad de desconectar pues vives a todas horas en las musarañas, como se decía antes. (Primer punto y aparte del curso). Los veranos de mi infancia me trasladan siempre a la Decarada, a la Casa del Caracol o el campo de la tía Adela como lo conocíamos en mi familia.

10La tía Adela era tía de mi abuela Irene y falleció con ciento 103. Hasta el final de sus días tuvo una cabeza totalmente lúcida. La tía Adela era ciega pero se movía por las habitaciones, la despensa, el corral, el huerto y los alrededores del campo con plena soltura, de un lado a otro por aquella enorme casa de dos plantas. La Decarada parecía que estaba al final del mundo porque apenas había unos cuantos caserones hasta llegar a los pies de la Sierra del Cuchillo.

Todavía no brotaba el primer gran pozo de agua gracias al cual hoy la Decarada es una de las zonas rurales más pobladas del término. El paisaje solo lo pintaban las viñas, oliveras, almendros y ganados de cabras, mucha porsaguera y mulas labrando grandes bancales de secano. Como la mula que guiaba el tío Pere sudando la gota gorda hincando la reja casi hasta el puño, y el ganado de cabras del tío Eduardo. Ambos hijos de la tía Adela.

Pasábamos los días montando en bicicleta, levantando campamentos con cañas y ramas secas para protegernos del ataque de los indios apaches que habían puesto precio a nuestras cabelleras, yendo de excursión a lo más alto del Cuchillo o por las ramblas y caminos pedregosos.

Siempre después de haber cumplido el martirio de hacer cada día los deberes por culpa de algún maestro que a los alumnos buenos de pelar nos había cogido manía y nos suspendía con el único y perverso fin de amargarnos el verano para volver a examinarnos en septiembre.

Al mediodía esperábamos ansiosos en la puerta de la casona a que llegara el tío Eduardo con sus cabras y las iba llamando una a una por su nombre para que las acariciáramos y jugáramos con ellas mientras la tía Consolación, mujer del tío Pere, nos preparaba la limonada que enfriaba en los capazos donde guardaban las barras de hielo de la fábrica que existió en la calle de Niño donde luego abrió La Giralda.

Por las noches formábamos un corro alrededor de la tía Adela para que nos contara algunas de las muchas adivinanzas que todavía hoy recordamos: “Al volver por una esquina me encontré con un convento, las monjas todas de blanco y la abadesa en el medio, más arriba dos ventanas, más arriba dos espejos, y más arriba la montaña por la que se pasean los viejos. ¿Qué es?”.

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