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EL SITIO DE LA YAYA HORTENSIA

Basta con conocer a mis hijos para saber la enorme huella que la yaya Hortensia les ha dejado para el resto de sus vidas

Desde que mi hija nos anunció que se casaba a finales de este año, vivía con la esperanza de que su yaya Hortensia, siempre la yaya Hortensia, asistiera a su enlace nupcial en primera fila. También mi hijo ha puesto fecha a su boda y con la misma ilusión albergaba la certeza de que su yaya no faltaría.

Mis otros dos hijos andan también por los suelos sin aceptar aún que nunca más volverán a estar con su yaya. Hace muy poco a nadie nos cabía en la cabeza que el final estuviera tan cercano. Pero de sobra sabemos que la vida es un efímero tren que, más que viajar, se precipita por nuestras vidas y del que la muerte nos va apeando sin ningún miramiento.

Uno a uno nos va dejando en tierra sin detenerse, cuando no nos arroja por la ventanilla en el momento en que a la muerte, o a la vida, que para el caso es lo mismo, le viene en gana, importándole un pimiento nuestros planes de futuro, los pasajeros que va dejando por el camino, los que también sin detenerse van subiendo a nuestro vagón alegrándonos la vida, o ni mucho menos importarle lo más mínimo quienes nos estén esperando en la siguiente estación. Los mayores nos diferenciamos de los jóvenes principalmente en que nada más hacemos planes de hoy para mañana.

Los jóvenes tienen todo el tiempo del mundo para alcanzar todos los sueños que se les pongan por montera aunque muchos de ellos se quedarán solo en eso, en sueños. Pero eso ellos no lo saben y esa ilusa percepción es la que los mantiene más vivos que a nosotros haciéndoles tirar para adelante con tantísima decisión e intrepidez. Nosotros ya sabemos la que nos espera.

Sabemos que durante más de media vida nos toca convivir con nuestros muertos. A los vivos los puedes mandar a paseo cuando quieras pero a los muertos no tenemos manera de quitárnoslos de encima, por eso acabamos haciendo de tripas corazón y al final les dejamos un sitio a nuestro lado. Cumplir años significa aprender a convivir con nuestros muertos. No sé quien dijo que la felicidad consiste en tener buena salud y poca memoria. Quizás lo dijo porque si contáramos todos los muertos que hemos enterrado, y los que nos quedan, nuestra salud sería más endeble convencidos de que esto es así y no vale la pena darle más vueltas. Si hoy mis hijos rebosan vida en abundancia, si están enamorados, si sonríen, cantan y bailan, si disfrutan de la vida a manos llenas, si tienen ambiciones es solo gracias a la vida que les transmitió la yaya Hortensia.

Siempre he intentado que mis hijos entiendan que estamos aquí porque antes estuvieron nuestros padres, y mucho antes ocuparon este mismo sitio nuestros abuelos, y los padres de nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos. Ahora ha sido la yaya Hortensia la que nos ha cedido su sitio únicamente porque ahora les toca vivir a mis hijos. ¡Grande la yaya Hortensia, inmensamente grande la yaya Hortensia! Basta con conocer a mis hijos para saber la enorme huella que les ha dejado para el resto de sus vidas.

 

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