A MORIR POR DIOS

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En el capitulo XI de “Cinco horas con Mario”, Miguel Delibes cuenta: “Te quedas solo, empiezas a mirar torcido, sin decir oste ni moste, y a morir por Dios…”. En numerosas ocasiones todas las personas que pululamos por este mundo de alguna manera hemos atravesado situaciones como terminar solos, aislados, sin hablar, para acabar así, impasibles ante una tesitura negativa en cuanto a consecuencias propias y que al final también acaban afectando a una mayoría por el silencio y disimulo en que acontecen.
Se calla, cuando se recibe la primera bofetada, el primer empujón, una hiriente escandalera y así, hasta la discordia y ruptura final de una familia. También una empresa familiar, empieza a decaer cuando se consienten una y otra vez desmanes y excesos anómalos a sus dirigentes o tropelías con los asalariados, condescendiendo unos y otros ante el temor a perder el favor o beneficio mejor o peor remunerado. Y en los gobiernos de cualquier índole es donde se da con mayor evidencia lo de “a morir por dios, tras aguantar hasta extremos increíbles silencios cómplices por temor a perder las solícitas prebendas recibidas del facineroso encausado. Y nadie mejor que un polifacético y taimado político, vicepresidente que fue para más señas, lo pudo decir de la manera más ordinaria con aquella sentencia que de tal modo quedó grabada en la mente de cualquier hombre o mujer con pretensiones de trabajo social, comunitario o funcionarial al advertir que “el que se mueva no sale en la foto”.

Los santos y mártires tras mantenerse firmes y no claudicar de sus dogmas o ideales, se negaron a aceptar cualquier imposición del exigente poderoso de turno, empeñado en subyugar la conciencia y el honor de sus antagonistas. Estas situaciones siempre han sido una excepción, pretendiendo con lo peyorativo del lenguaje, traducido a un silencio cómplice en la expresión “a morir por Dios”, y que en otro tiempo suponía una heroicidad encarar el endiosamiento del propio hombre, como cuenta la historiografía griega o latina, donde los dioses y semidioses desde siempre intentaron imponer su legitimidad por encima de criterios y razonamientos fehacientes e irrefutables, recurriendo a ardides y maquinaciones en las que se pudieron recrear los autores antiguos para escribir las historias que todavía hoy nos deleitan y fascinan.

Así transcurre la vida y es conveniente y de sabios observar a aquellos que se desviven hasta límites de ser enviados al averno o expulsados del Olimpo, por contradecir o impugnar comportamientos obscenos o escabrosos de tantos dirigentes empeñados en permanecer situados en el numen divino con poderío total y siempre por encima de todo lo habido y por haber, mientras quedan en las cunetas dejados de la mano de Dios, todos aquellos que se acogen al estado bucólico que en el habla castellana tan bien refleja Delibes ese desentendimiento a que conducen comportamientos negligentes, o mejor dicho, cobardes, asumiendo el dicho de “a morir por Dios” y callar, amparando una injusticia o crueldad manifiesta.

Nunca falta un roto para un descosido, y en el revolutum del habla cotidiana se ha conseguido inventar un vocablo para acomodar ese agravante de cobardía al callar, para no perder una sustanciosa prebenda, empleo o canonjía, como ha sido la palabreja “posverdad” capaz de justificar cualquier privilegio o desafuero con argumentos retrógrados, ultras y rancios, siendo solamente el tiempo y en casos aislados el arrojo y coraje de audaces, capaces de enderezar lo torcido gritando a los cuatro vientos aquello que desde tiempos inmemoriales ha sido y sigue siendo considerado digno y consecuente.
“Para que triunfe el mal solo es necesario que los buenos no hagan nada”, decía hace más de dos siglos Edmund Burke en “Reflexiones sobre la causa del presente malestar”.