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Una búsqueda contemporánea de identidad a partir del concepto de hogar

Hasta el próximo sábado 16 de junio, Francisco Ortuño presenta Vínculos e Identidad en la sala de exposiciones de la Casa Municipal de Cultura de Yecla

Wenceslao G. Puchades
(Colaboración)

En el nuevo mundo móvil, fluido, con periferias y centros virtuales, los flujos migratorios y la comunicación global ponen en evidencia la aparición de nuevas formas de identidad no sujetas a las definiciones de lo nacional. Los modelos de migración y la desterritorialización rompen con las formas previas de percepción de la realidad y trazan nuevas subjetividades, así como nuevas formas de ver, interpretar e imaginar el mundo. Los medios de comunicación y las migraciones masivas que caracterizan al mundo de hoy ofrecen nuevos recursos y nuevas disciplinas para la construcción de la imagen de uno mismo y del mundo. Desde la pluralidad del mundo, de las sociedades, de las tradiciones y de las historias locales existentes, la gente "vernaculiza" la globalización a través de micronarrativas particulares. Lo cierto es que si la era global va produciendo un lenguaje internacional que intenta homologar las diversas identidades, éstas responden como una infinidad de estrategias y actos de resistencias creativos que alteran cualquier forma de tendencia global, imperial o neocolonial. La imaginación apunta a la formación de comunidades de sentimiento, a grupos que se constituyen en base a afinidades cada vez más electivas en las formas de sentir y pensar: grupos que desbordan las fronteras nacionales y en los que se fundamentan nuevas posibilidades de acción colectiva.
En este escenario contemporáneo se modifica profundamente el proceso de identificación entre hogar e individuo: el hogar se puede incorporar y traer consigo mismo la heideggeriana empresa cotidiana del "construir espacio". Es este el caso de muchos nómadas contemporáneos que, más que migrar desde un punto al otro del territorio, llevan el territorio en su propio cuerpo. Este complejo tejido social hace caduco el concepto de identidad tradicional, de tal manera que ya no tiene sentido hablar de identidad como resultado de condicionamientos históricos, geográficos o etnoculturales, sino como resultado del múltiple intercambio entre cuerpos, objetos y entorno.
A través de "Vínculos e identidad" Francisco Ortuño explora las implicaciones de este escenario contemporáneo en la teoría antropológica y en concreto en la clasificación tradicional del concepto de "identidad". Esta instalación nos fuerza a cuestionar la búsqueda contemporánea de identidad a partir del concepto de "hogar". El "hogar" se nos presenta como una útil herramienta analítica, un medio que nos permite enjaular o liberar una identidad inextricablemente ligada al movimiento.
La concepción tradicional del término "hogar" se ha encontrado ligada al centro físico y estable del universo de un individuo; un lugar seguro (casa, pueblo, ciudad, región o nación) que por lo general se ha abandonado y al que se aspira regresar. Esta concepción de "hogar" subyace en aquellas historias personales que se encuentran atravesadas por el afecto de la nostalgia. Se trata de un discurso victimista centrado en el deseo imposible de recuperar un modo de vida que nunca llegará. Con otras palabras, el discurso nostálgico del hogar enjaula el concepto de identidad y le impide expandirse con la libertad que le exige su presente.
Frente a la concepción tradicional, "Vínculos e identidad" nos ofrece una serie de historias que, en mayor o menor medida, tratan de liberar el concepto de identidad de su jaula nativa. Los sujetos de estos discursos no expresan nostalgia alguna porque, como diría Marc Augé, "siempre y nunca están «en casa»". Así, en ausencia del supuesto originario, la identidad se construye en un movimiento que carece de finalidad y que evoluciona punto por punto. El victimismo es sustituido por un discurso optimista que permite afrontar las novedades e incertidumbres de esta época sin tener en cuenta más que la propia facticidad. Unos discursos que nos recuerdan las palabras con las que Michel Maffesoli comienza su libro titulado El nomadismo: "Dejemos de adorar las opiniones y nutrámonos del estoicismo antiguo como fuente de sabiduría para el tiempo presente. Quizás así pasemos de la aceptación de los hechos a un amor profundo por los hechos. Del amor fati al amor mundi. El mundo sólo es miserable para quienes en él proyectan su miseria".

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