Juan Muñoz Gil
Cuando el Santo Isidro labraba los campos castellanos, por todo el entorno de la Finca de los Vargas no había ningún bancal sin cultivar, como así también ocurría en Yecla tan solo unas décadas atrás, concretamente hasta final del siglo XX, donde toda las tierras cultivables lucían un verde primoroso sombreado por un arbolado diverso. Hasta las escabrosas laderas de los montes eran roturadas para poder disponer de más tierra cultivable ante la necesidad de los agricultores en aquellos entonces, generalmente minifundistas, de precisar más suelo donde plantar sobre todo viña y olivos, cultivos estos propios del Altiplano murciano. Al día de hoy, esas tierras que tanto sudor costó transformar en viables para el cultivo, están volviendo a su estado inicial atiborradas de atochas, romeros, retamas, coscojas, cambrones, etc. Y lo más triste es que también van quedando abandonadas las que desde siempre fueron fértiles y altamente productivas.
Ya ocurrió un siglo antes algo parecido, y concretamente reflejado por el Maestro Azorín en su novela La Voluntad en una de las cartas finales de la obra dirigidas a Pío Baroja, donde dice “…. Antes de 1890 todos los pequeños labradores de Yecla dedicaban sus hijos a la agricultura, hoy los hacen bachilleres para que tengan una profesión más noble que la de sus padres…”, cumpliéndose el dicho de que la vida se repite en ciclos distintos pero irreversibles.

Basta salir de paseo por la campiña yeclana para observar la cantidad de tierras antaño muy fructíferas y ahora totalmente baldías, concluyendo que la agricultura tradicional ha cambiado radicalmente en su función productiva, abandonándose el minifundio ante la transformación industrializada de lo agrario al precisarse, para lograr un beneficio acorde con el momento actual, inversiones millonarias tanto en maquinaria como extensos latifundios donde poder desarrollar a gran escala determinados plantíos, además de la comercialización directa de los frutos logrados, proceso éste imposible de poder encarar un agricultor tradicional yeclano, y a lo que hay que sumar las trabas de la Administración. Las incontables exigencias sanitarias, competitividad con productos de países exportadores imponiendo precios imposible de desafiar, y no menos una acción ecologista desproporcionada en su intento falaz de arreglar el medio ambiente en espacios inocuos y aislados sin considerar que la multiplicidad económica y gubernamental acaban por imponer, como siempre, su estatus dominante en perjuicio del débil labrador tradicional forzado a la desatención de sus tierras y hasta el día de hoy sin solución aparente.
De haber vivido el Santo varón Isidro en estos tiempos seguro que habría acabado abandonando el campo ocupándose en alguna de las fábricas de muebles, sofás o colchones, si le situamos en los contornos yeclanos. Y hasta habría olvidado esas otras actividades que de él cuenta la historia, como son las calificaciones de zahorí y hacedor de lluvias, ya que ni lo uno ni lo otro merecería atención alguna ante los conocimientos científicos con los que hoy se cuenta, y poder gozar de un sueldo fijo y seguridad garantizada.

Actualmente en las sociedades desarrolladas se trata de potenciar el ocio estipulando grandes asignaciones económicas en los presupuestos municipales para fomentar entre los ciudadanos múltiples actividades, y como tal, supuso en pasados tiempos al ir los jóvenes cambiando el trabajo agrario por ocupaciones en la industria local, aunque no por ello se abandono la actividad rural, sino que las parcelas heredadas se mantuvieron productivas dedicando el tiempo libre que permitía el quehacer industrial a su mantenimiento y custodia, logrando además que los frutos obtenidos motivasen una satisfacción propia en la vida al aire libre, de ahí la construcción en esos predios concretamente en Yecla, de varios miles de casas-albergues cuya estancia vivifica a sus moradores en el deleite de la Naturaleza, a la vez de tener a mano el huerto y animales domésticos, vivencias bucólicas y agrestes como así ha sido en el entorno familiar desde ni se sabe.
De la agricultura de antaño, solo nos queda su recuerdo feliz rememorado en las Fiestas de San Isidro.













