José Puche Forte
He mencionado en más de una ocasión que las fiestas nacieron como motivo de expansión para olvidarnos por unos días de la dura y rutinaria marcha a la que nos obliga el trabajo, compensando el esfuerzo agotador que este nos impone con la alegría que estas llevan consigo.
Comenzaremos diciendo que aquellos labradores de antaño, tostados por el sol y curtidos por los crudos días de los inviernos de entonces, muchos más duros que los de ahora, sentían una gran simpatía por San Isidro, que había sido labrador, como ellos y al que recurrían en demanda de ayuda en tormentas de pedrisco y en tiempos de sequía para pedir lluvia ya que se agostaban sus cosechas por falta de agua para sus campos. Y también lo hacían los jornaleros, ya que de la buena marcha de la agricultura dependía el salario para su sustento. En la Yecla de aquel entonces, la mayoría de sus ciudadanos se dedicaban a trabajos agrícolas y a las labores de la siega, la vendimia, la recogida de la aceituna, también la del esparto, la poda y el ahoyado. Muchos trabajaban de muleros o de pastores. Las labores agrícolas eran amplias y diversas.
Los hombres y mujeres que trabajan la tierra eran recios y curtidos, unos más creyentes que otros, pero todos miraban al cielo cuando se ennegrecía amenazando tormenta o en tiempos de sequía. Eran gente sencilla que lo daban todo por la agricultura y su mayor goce era el ver brotar el fruto de las cosechas que ellos habían cultivado, ya que era su sustento y el de sus familias.

Aquel viejo pozo de San Isidro alumbrado en 1816, del que brotó una gran cantidad de agua que tanto beneficio aportó al campo yeclano hizo que se acrecentara la devoción por San Isidro dedicándole una capilla en la ermita de Santa Bárbara, fue el origen de unos sencillos festejos que todos los años ofrecían al santo. Al llegar la víspera le encendían una hoguera en la puerta de la ermita, con disparo de cohetes y volteo de campanas, congregando a los vecinos de todo el barrio y en su día le decían una misa con sermón y sacaban al santo en procesión por todo el distrito, en el que había abundancia de agricultores. Estos espontáneos festejos, con el pasar de los años, han llegado a convertirse en nuestro pueblo en uno de los mejores festejos que, debido a su prestigio, atraen todos los años a gran cantidad de público.
El contar toda su historia ocuparía mucho espacio, por lo que haremos de estas una breve reseña. A mediados de los años 40 del pasado siglo, la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos le dio a estas Fiestas un gran impulso por medio de la colaboración de gran cantidad de agricultores logrando aumentar y embellecer estos ancestrales festejos en las principales calles de la ciudad, pero los de Santa Bárbara siguieron celebrándose.
Al principio se formaron grupos a forma de comparsas y salieron desfilando por las calles carros adornados engalanados con plantas y adornos de papel de colorines. En ellos iban montados mozos y mozas vistiendo el atuendo típico del labrador. También desfilaron yuntas y caballos portando parejas de jóvenes. Con el paso de unos años los carros adornados se fueron convirtiendo en bellas y atractivas carrozas construidas sobre estos, revestidas de ‘papelicos’ de atractivos colores. Después se colocarían sobre los remolques de los tractores. Se fueron dando premios a las mejores, lo que animó aún más al personal.

En las Fiestas de 1958 fue elegida la primera Reina con seis damas de honor. Se escogió a Alodia Rentero, a la que el poeta Martín Martí Font dedicado estos versos: “Reina que el amor atraes/con el imán de tu hechizo/ bellas damas que a los mozos/ hacéis perder los estribos/ el humilde pregonero/cae a vuestros pies rendido/ y os saluda con el verso/ de su pobre y tosco estilo”. La primera Reina infantil ya sería elegida en 1990 y se designó a María Pérez Gil. También hay que anotar que desde 1979 a 1995, en estos 15 años, se denominaron “Fiestas de Primavera y San Isidro”. Durante los años 1977 y 1978 estos festejos no se celebraron. También en 1969 no autorizaron a participar en la cabalgata a la carroza “Ley de vida”, censurándola por la crítica.
Aquellos grupos que se formaban para realizar las primeras carrozas , con el pasar de los años se fueron convirtiendo en peñas responsables y estables con afán de continuidad en la década de los años 80 del pasado siglo, como “Asoca del Code” y “El Candil” en 1981, “Pipo” en 1986 . “El Cornijal” en 1987, “El Montón”, en 1988 y “San Isidro”, “La Alborga” y “Destripaterrones” en 1990. En la década de 1991 al 2000 se formaron 20 nuevas peñas y en la actualidad la Federación de Peñas de San Isidro, que se fundó en el año 2000, la componen 63 peñas.
No cabe duda que el motor principal que mueve estos festejos son las peñas dirigidas por la Federación. Son las grandes pilares que sostienen la admirable cabalgata de carrozas y que de las peñas infantiles sean las continuadoras de estas singulares Fiestas de San Isidro y que perduren en el tiempo. Carrozas que, el elaborarlas, conlleva un gran sacrificio de todos los componentes, por las muchas horas necesarias fuera de la jornada laboral, incluso sábados y domingos. Para hacer una carroza que se precie hay que dedicarle de tres a cuatro meses de trabajo. Pero merece la pena.
El tiempo que una peña dedica a su carroza es inolvidable, ya que aparte del trabajo está la convivencia de la sana amistad y de esos ratos alegres pasados en buena armonía con los compañeros, de cenas y tertulias y de organización para poder llevar a cabo el laborioso trabajo, la emoción de ver cómo la carroza va tomando forma con el esfuerzo de todos.
Para llegar a comprender todo esto hay que formar parte de una peña, ya que es una experiencia maravillosa que el público no puede comprender ni saborear al contemplar las carrozas en la calle el día de la Cabalgata.













