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domingo, 14 julio, 2024
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LA SIRENITA DEL ALTIPLANO

Nunca perdonaré a Pedro Sánchez y a Núñez Feijóo que por su culpa me quedara sin ver “La primera sirena”, la película protagonizada por Esther Williams que emitió La 2 en el espacio “Días de cine” al que nos hemos abonado mi familia todos los lunes por la noche. Para nuestra desgracia cinéfila la pasada semana coincidió con el debate de los susodichos candidatos a presidente de la muy noble, leal y fidelísima nación española. ¿O era Villa de Yecla? Mira que hay días al cabo del año para haber programado el debate y tuvimos la mala suerte de que coincidiera con la reposición de una de mis heroínas de Hollywood.

Intenté sin ningún éxito convencer a los míos de que cambiáramos de canal a cambio de quitar la mesa y hacer las camas durante un mes entero pero en mi familia están todos muy al tanto del devenir de la política nacional y no conseguí convencerlos. Me quedé con las ganas de volver a ver una de las películas que, junto a Espartaco y los gladiadores, Tarzán y las amazonas, Cálico Electrónico y las retransmisiones en directo de las fiestas de moros y cristianos de Villena marcaron mi carácter en mi más tierna y voluptuosa infancia.

Desde que me enamoré de Esther Williams en “Escuela de sirenas” germinó en mí esta pasión desenfrenada por la natación que todavía hoy continúa ocupando la mayor parte de las horas que me dedico a mí mismo para fijar, limpiar y dar esplendor a mi anatomía corporal. Aunque para no tirarme faroles tengo que confesar que no domino plenamente todos los estilos de natación. En honor a la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad que usted quiera creerse, me veo muy suelto y más resuelto nadando al estilo crol y braza mientras que en espalda y mariposa todavía tengo que ir mejorando.

Pero todo se andará; perdón, quería decir que todo se nadará. Por el momento aprovecho la llegada de estos meses de intenso calor para seguir entrenado en las piscinas olímpicas en las que consigo colarme y en la balsa del campo que mi primo Blas Vicente, Blasvi, en el paraje de Los Restregones, y sobre cuyas aguas me desplazo igualmente con lozana soltura a pesar del color verdete y de los renacuajos a cuya crianza se dedica mi primo con sumo esmero, habiendo obtenido ya varios trofeos internacionales. Convivir durante largas horas entre ellos en el medio acuático me ha ayudado y mucho a observar y copiar la misma habilidad para respirar por las branquias, como estas larvas de ranas en proceso de crecimiento.

Mimetismo animal se denomina esta destreza innata en mí para emular la conducta de los seres vivos con los que compartimos este regalo de la naturaleza llamado planeta tierra. Precisamente fue pasando envidia cochina mientras me veían nadar en la balsa de Blasvi cuando los vecinos me pusieron el mote de “El Tritón de Los Restregones”. Por no nombrar a los más retorcidos del lugar que a mis espaldas me llaman “La sirenita del Altiplano” y “Sebastián, el cangrejo de secano”. Qué mala es la envidia. Es lo peor de lo peor.

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