“Cerrado por COVID-19”

Un virus desconocido, procedente de tierras lejanas, llegó a nuestras vidas sin avisar, sin pretextos y sin dejar mucho tiempo para la reflexión. La llegada de un enemigo externo, llamado coronavirus, ha agujereado nuestras vidas cotidianas, afectando al cuerpo y a la relación con uno mismo, a las relaciones con los otros, con la pareja, con nuestros hijos y familiares, influyendo en las relaciones de vecindad y comunitarias.

Ha provocado el cierre de muchos negocios, bajadas y subidas de persianas, llaves echadas, entrando en juego la cuestión de la peligrosidad del otro, el otro se ha vuelto peligroso, el otro nos puede contagiar, nos puede matar. Todos somos sospechosos en estos momentos de ser foco de contagio, los discursos han cambiado, el “sal y consume” se ha convertido en un “quédate en casa y evita las relaciones”. Y han dado lugar al lema del momento, el famoso distanciamiento social. Un cambio tal vez, demasiado brusco, y por ello traumático, no hemos tenido tiempo para elaborar y crear algo que nos permita que el distanciamiento social, no se convierta en distanciamiento emocional. Pero estamos en ello.

Ya no se escuchan risas, ni jolgorios provenientes de nuestros queridos bares, las calles se han vuelto silenciosas, y este año no huele a pólvora. Estamos dentro de la dimensión de la indefensión, el otro ya no está, no nos responde. Librando la batalla del covid aparece la soledad, la angustia. La pandemia ha dinamitado los vínculos humanos, y nos ha dejado solos en casa, desamparados.

Las pantallas están siendo una alternativa para soportar la distancia social, para sostener los vínculos mientras la presencialidad se hace de rogar, y la presencia también. Los sueños están ahí, intentando elaborar lo que la realidad no permite. El coronavirus ha tirado por tierra las promesas de felicidad, los mensajes omnipotentes de un sistema capitalista que parecía no tener fin, todo estaba al alcance de nuestras manos y teníamos derecho a cogerlo.

Pero el mundo se ha parado en seco, y ha aparecido la muerte, recordándonos a todos que la vida es frágil y hay que cuidarla. La ausencia de presencia ha puesto en riesgo nuestros puentes, la incertidumbre se ha abierto camino en nuestro mundo, y no tiene pensado irse por el momento.

La tristeza ha tocado a nuestras puertas y nos ha mostrado nuestra fragilidad, quizás sea el momento de hablar con ella, ahora que las risas se han escondido y el presente se ha vuelto complicado, quizás sea el momento de conocerla y de permitirnos estar tristes. Quizás sea el momento de dedicar tiempo a recordar, de nutrirse de nuestros queridos recuerdos, y también de pensar en el mañana, mirar a la incertidumbre, y dejar de ver el miedo como un enemigo y entender que estar asustado te hace humano y estar triste también, que será transitorio y que se acabarányendo.

Es tiempo de tener cuidado, de protegerse uno y de proteger a los que se quiere, pero también de acercarnos a la presencia del otro, no importa si se hace tímidamente, si se hace en casa o cuando abran nuestros añorados bares, si se hace con distancia, si se hace con mascarilla.

Pero hay que reconstruir los vínculos, cruzar los puentes que nos llevan al otro. Esta pandemia también ha sacado lo mejor de cada uno, han surgido iniciativas maravillosas, la cultura se ha propuesto acompañarnos. Algunos profesionales han ofrecido su ayuda sin esperar nada a cambio, los bienes materiales se han puesto en común, la comunidad se ha volcado en apoyar a los negocios que no pasaban por un buen momento, entre todos se ha intentado coser este agujero que se ha abierto.

Sentimos culpa por no saber qué hacer, porque podemos contagiar o ser contagiados, pero no podemos olvidarnos que vivir ya tenía un riesgo, y hay que recuperar el derecho al riesgo de vivir. Tenemos que trabajar la distancia emocional para poder sostener la distancia social. Hay que restablecer vínculos, hay que restablecer los puentes, porque hay un camino posible. Hay que resistir, pero sin dejar de cuidarnos.

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