Viernes 7 de diciembre. La Alborada

Por Alfonso Hernández Cutillas

(Fotografía: Julia Díaz)

 

Es el anuncio de que ya ha empezado la fiesta. La Alborada es algo más que espera, es esperanza. Los arcabuces suenan por calles y plazas. En Yecla, las horas que anteceden a la Alborada, son un “duermevelas”. Se siente y se respira, la inquietud y la emoción de un pueblo es fiestas, deseoso de subir al Santuario del Castillo y bajar a su patrona hasta la ciudad. Yecla no espera a que llegue la Madre, va a por ella para bajarla, hablándole a voces de arcabuzazo, piropeándola o simplemente en silencio. En todas las esquinas resuena el fragor de la pólvora cuando el alba se vislumbra sobre el cielo yeclano.

 

La tradicional Alborada, recogida en las antiguas Ordenanzas, está calificada por muchos yeclanos como el momento más popular de las Fiestas de la Virgen, al no exigirse uniformidad para participar en ella. Los Mayordomos, escoltados por su Clavarios, Ayudantes Mayores, Alabardas y Cajas, encabezan la comitiva hasta las propias puertas de la Basílica de la Purísima por la parte de su atrio. A redoble de cajas se realizan las tres “Arcas Cerradas”. Finalizado el acto y en el momento de romper el día, llegará el almuerzo, arraigado a la costumbre yeclana. En casas de campos, cuarteles y domicilios particulares se degustan las típicas gachasmigas en un ambiente de alegría y grata armonía.

 

 

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