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Los extravíos

Por Juan Muñoz Gil (Colaboración)

La vida proporciona una serie interminable de extravíos, en la familia, en la sociedad, en el trabajo, en los dogmas, en los partidos…, y hasta ni se sabe. La cómoda línea recta que de antemano se pueda establecer con una continuidad impecablemente ventajosa, es raro que no se tuerza por esas mil causas que esperan incansables para de una u otra forma enmarañar el destino. Y como siempre ha sido así, no hay razón alguna para que deje de serlo, y las excepciones son tan contadas que ni cuentan. La vida, según se dice, se escribió sin preámbulos, porque los preámbulos son la vida misma y el resto sólo muerte y extravíos.

Los pueblos también trazan líneas maestras a seguir, aunque al cabo de un tiempo se quebrantan y hasta en ocasiones ni siquiera dan pie a ser un simple trazo. Numerosas familias yeclanas configuraron una esperanzadora raya de bonanza y prosperidad sobre la que diseñaron proyectos entrañables, aun sin desviarse de la humildad y austeridad aprendida de sus mayores, pero la fría realidad acaba permanentemente cuestionando toda norma. Los extravíos se suceden pese a múltiples intentos para evitarlos. Así ocurre con ese proyecto que tantos beneficios preveía dar, o ese negocio con perspectivas tan envidiables, y ese joven que tan alto apuntaba, y no menos la abundante cosecha cuyo beneficio ya se tenia gastado, o el amor para toda la vida que duró tan sólo una temporada, y ni qué decir de las promesas del político de turno justificando seguidamente de alguna manera su incumplimiento, o del banco que garantiza el dinero de los ahorradores desgraciadamente avalado por la letra pequeña que no se lee ni se dice, y así una ristra de extravíos que se suceden sin tregua ni concierto y siempre con una insistencia desalentadora e irremediable.
Leemos, vemos cine, al teatro, bebemos, rezamos, amamos, para evadirnos de los extravíos siempre definidos como impropios, y así poder inmiscuirnos en esos que nos presenta la ficción conformándonos con que todo es relativo, consecuente y eventual, mientras nos mantenemos en un tránsito repetitivo donde solamente esos dichosos extravíos rompen la rutina, aunque siempre quedará por saber si la costumbre al uso se cataloga de benévola o nefasta, y entonces los extravíos pueden tener un significado ambivalente.
Resulta que los irreverentes extravíos son en política justificados, en la cárcel elogiados, por los moralistas criticados, para la iglesia son pecado, e irremediables para el común de los ciudadanos, por lo que se deberían tratar con pinzas por la versatilidad de su función. Hasta en estos momentos me enfrento al dilema que me impide concluir este artículo sin extraviarme.
En la Navidad, durante la que los extravíos alimenticios son incuestionables, así como tantos conceptos básicos tradicionales asumidos durante generaciones y con resultados nocivos casi siempre, observamos que se instalan porque sí y a la vez se extravían de la noche a la mañana por derroteros insólitos, para acabar todo tan natural con el paso del tiempo al adecuarse a lo habitual la excepcionalidad del extravío. No hay duda, según nos indica Stephen Hawking y él mismo es el mejor ejemplo, que la raza humana necesita de desafíos intelectuales ante los continuos extravíos de los genes, de los días, las creencias, las crisis, la historia, y piensa que debe ser muy aburrido para Dios no poder cambiar nunca. Y ya puestos, ¡a ver si en el año próximo se extravía de una vez la dichosa crisis y se rompe el hilo de desafueros que nos asolan!. Sea Felicidad y Paz.
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