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miércoles, 20 mayo, 2026
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El ‘samurai yeclano’ cruzó andando la ciudad más grande del mundo

Abel Bruno Martínez Martínez

Antes de empezar, los motivos por los que me autoimpuse este reto fueron principalmente la necesidad de superación y demostrarme a mí mismo que era capaz de cumplir las decisiones que tomo; cerrar de una manera exagerada y simbólica mi estancia en Japón; y, por último, el deseo de recordar, cuando sea anciano y me cueste andar, la faraónica caminata que hice de joven, y derramar lágrimas de orgullo y nostalgia.

Así pues, el 1 de diciembre de 2025, tomando un café en el Starbucks de Itabashi-ku, pensé: “¿Y si lo hago mañana?”. “Mañana lo hago”. Ya llevaba un tiempo meditando hacer este reto, pero el hecho de plantearlo en serio, decidirlo y hacerlo nació de un día para otro. Sin más planificación que el punto de partida, la meta y la dirección en la que cruzaría la ciudad. Cavilé que lo mejor sería ir de norte a sur. Empezaría en Kawaguchi Station (Saitama), cruzaría toda la ciudad de Tokio andando, usando las estaciones de tren como puntos de referencia para no desviar el trayecto en la medida de lo posible, y Yokohama Station (Kanagawa) sería mi meta. Con lo cual empezaría fuera de la ciudad, la atravesaría completamente de norte a sur y además terminaría sobradamente fuera de ella.
Ahora sí, queridos lectores: Esta es la historia de cómo un yeclano cruzó la ciudad más grande del planeta con sus propios pies y determinación:

Comencé la jornada a las 9:00 AM en la estación de Kawaguchi (Saitama) y me llevó un rato espabilar las piernas. Crucé el río Ara, y, nada más pasarlo, ya me encontraba en la ciudad de Tokio. Siguiendo por el costado de la autovía llegué a mi primer checkpoint, la estación de Akabane, y no pude evitar recordar los días que vino a verme mi hermano Eloy a Japón. Dejé atrás Akabane y llegué hasta la estación de Itabashi, un lugar simbólico y sentimentalmente muy especial para mí, dado que fue la primera estación en la que bajé al llegar al país. El primer vistazo que obtuve de la ciudad fue de la placita que hay justo delante, pero en aquel momento yo era como un cachorro con su nuevo dueño, sin saber decir apenas unas pocas palabras y sin saber cómo llegar a mi residencia. ¡Qué recuerdos! Me da ternura recordarme en esa tesitura, y orgullo, al ver y saber en lo que me he convertido, lo que he aprendido, las personas que he conocido y todo lo que he visto y vivido a lo largo del año de mi estancia allí.

Así que allí estaba de nuevo, solo que ese día con una misión titánica por delante. De Itabashi, mi lugar de residencia, mi casa, mi nido en Japón, pasé a Ikebukuro, otro de los barrios más emblemáticos y al que guardo especial cariño. Desde Ikebukuro caminé hasta Shinjuku siguiendo pura y fielmente la famosa línea Yamanote, pasando también por Mejiro, Takadanobaba y Shin-Okubo. En Shinjuku paré un momento en un pachinko (salón de juegos de máquinas slot) para ir al servicio y pasé por debajo de la famosa pantalla del gato. Seguí hasta Shibuya, y aquí ya me encontraba en el corazón urbanístico de la megalópolis. Los barrios residenciales y edificios de media altura pasaron a ser rascacielos por estas zonas.

Me detuve a comer en “El Castellano”, restaurante en el que trabajé, para descansar y saludar a mis compañeros, y contarles la locura que estaba aconteciendo… y fliparon. Así fue como mi reto me hizo pasar por otro de los lugares más significativos de mi vida en Japón. Sin tenerlo previsto, estaba dando un paseo por mi propia historia allí vivida.
Tras esto continué hasta MeguroStation, donde los trayectos comenzaron a hacerse más largos y pesados. Además, eran las 16:00 p. m. y la luz comenzaba a escasear. Después de dejar atrás GotandaStation y casi también Tokio, lo único que me separaba de cumplir mi misión eran dos estaciones: Kawasaki y Yokohama. Fue entonces cuando vi el cartel de la autopista que rezaba la distancia hasta ellas: 11 km y 24 km, respectivamente.
En este punto ya estaba cansado y llevaba recorridos unos 30 km, pero, a pesar del desalentador golpe anímico, continué. Crucé el río Tama y notaba calor y tirantez en diversos músculos, pero seguí. También noté despertar mi energía, fruto de estar empujando mis límites. El subidón me duró un rato; después empecé a saber lo que era sufrir. Los kilómetros iban a menos mientras que el dolor iba in crescendo, haciéndome bajar el ritmo. Pero, tras pura persistencia y casi destrozado, llegué a Kawasaki, donde me pregunté seriamente si sería capaz de llegar a mi destino sin romperme.

Llegados aquí, si hubiese abandonado, el reto de cruzar Tokio estaría cumplido, puesto que ya había cruzado y salido de la ciudad, pero no era la meta que me había impuesto. Aquí ya me encontraba muy cansado y me faltaban 13 km para llegar al final, y esa distancia a partir de ahí ha sido una de las mayores locuras que he cometido.
Cuando miraba el mapa y veía la distancia que me quedaba, era absurdo y me daba por reír. Era seguir la carretera, seguir, seguir y seguir. Por el camino hice varias paradas cortas de un minuto porque mi cuerpo me lo pedía a gritos. Sin saber cómo, recorté la distancia hasta que pude ver en el mapa la estación sin necesidad de ampliar la pantalla. Y los últimos 3 km recé, lloré y dediqué un discurso a mi gente y a mí, sobre todo, implorando llegar al final. Cada paso era casi una agonía, pero, si debía arrastrarme hasta llegar, lo haría, porque rendirme no era una opción.

Finalmente llegué a Yokohama Station, la meta de mi faraónico reto, con una especie de neblina mental, pero no lo festejé.

¿A cuántas personas me crucé y dejé atrás? Miles y miles, para las cuales era un simple martes, y para mí uno de los días más importantes de mi vida. Me moví a través de callejones, autovías, puentes, tiendas, coches, semáforos, autobuses, casas, bares, restaurantes y rascacielos. Todos ellos completamente ajenos a lo que estaba haciendo.
Y cuando terminé no había nadie esperándome. No había una línea que cruzar, no había ambiente de carrera, ni avituallamiento, ni un fisioterapeuta o profesional. No había público ni aplausos; no había ninguna medalla, no había gente animando, ni estaban mi familia ni mis amigos ni nadie que yo conociera. Me encontré conmigo mismo al final de un reto que sencillamente no tenía por qué hacer, solo por propia superación y como travesía y cierre simbólico por la ciudad y el país que cambiaron mi vida.
En total fueron 10 horas caminando, 55 km y 62.000 pasos. Llegué a casa a las 23:00 aproximadamente.

Esto va dedicado a todas aquellas personas que alguna vez creyeron en mí, y a las que no. A las que alguna vez vieron quién soy en realidad y a los que apartaron la vista. Pero, sobre todo, esto va para ti, Abel Bruno Martínez Martínez. Tu yo de 26 años quiere recordarte de lo que fuiste capaz en su día, de lo que vales y de lo fuerte que eres realmente. Y si en el futuro vuelven a asaltarte las dudas, el miedo o el dolor, recuerda este día: el día en que fuiste inhumano y empujaste más allá los límites de tu fortaleza física y mental. Eres, serás y siempre fuiste una leyenda; alguien que escribía su propia historia, aunque a veces ni siquiera fuera consciente. Va por ti.

Gracias por vuestra atención, estimados y queridos lectores del PERIÓDICO SIETE DÍAS YECLA.

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