23.6 C
Yecla
sábado, 18 abril, 2026
spot_img

De mayor quiero ser conspiranoico

Daniel Ortuño Ibáñez

Hay dos posibilidades: que los conspiranoicos hayan tenido unas semanas muy jodidas, o que se hayan divertido como nunca. Como nos han estado bombardeando con titulares día sí y día también con este tema, supongo que lo propio es dedicarle aquí unas líneas. El mes de abril arrancó fuerte con el despegue de la nave Artemis II rumbo a la Luna, no para volver a caminar sobre ella, sino para orbitarla una vez, sacar un par de fotos y regresar. Ha sido la primera misión tripulada hacia nuestro satélite desde hace más de cincuenta años. Puede ser legítimo llamarlo “cortina de humo” o “táctica de desvío de atención” teniendo en cuenta lo abarrotada que se encuentra la actualidad política internacional, pero no se puede negar lo histórico del acontecimiento.

Algo destacable de esta misión espacial, por la época en que se emprende, es la facilidad que ha tenido el ciudadano promedio para hacer un seguimiento del viaje de esos cuatro astronautas. Por mi parte, como el absoluto friki que soy de la exploración espacial y todo lo que la rodea, he disfrutado mucho de todas las actualizaciones que nos llegaban. Pero lo más fascinante se encontraba en los comentarios y respuestas a dichas noticias: los conspiranoicos salieron de su letargo. Reconozco que las teorías de la conspiración pueden ser útiles —y hasta divertidas— para reflexionar sobre eventos históricos memorables y darles interpretaciones alternativas. Las hay de todos los sabores: sobre el 11-S, sobre el asesinato de JFK, sobre las vacunas, sobre los aviones que nos fumigan…; y cada una de ellas puede ser más o menos digerible.

Desconozco si existen estudios o encuestas al respecto, pero me ha sorprendido la cantidad de detractores que existen sobre la llegada del ser humano a la Luna, y estos días me han servido para renovar mi admiración por el fenómeno de la conspiranoia. Hay que ser muy valiente —o creerse muy especial— para plantarse y decir “yo tengo razón y todos vosotros estáis siendo engañados” frente a un hecho sobradamente documentado. Es mucho más difícil creer que todo es una farsa que la farsa en sí misma. El otro día lo comentaba con una amiga cuya madre “no cree” (como si fuese una cuestión de fe) en aquel hito de 1969, aunque también despachamos el tema reconociendo que, lo creamos o no, no es algo lo suficientemente importante como para repercutir en nuestra vida cotidiana. Y es cierto, pero no puedo evitar preguntarme qué ganan los conspiranoicos aferrándose con tanta fuerza a su obsesión.

Creo que la respuesta es lo bastante predecible como para poder excusarla: ganan atención y una sensación de importancia. A todos nos encanta tener razón y sentirnos importantes de vez en cuando, pero algunas personas anhelan mucho más que eso y estarían dispuestas a quedarse solas en el mundo con tal de poder gritar bien alto “¡os lo dije!” mientras se cruzan de brazos y esbozan una sonrisa triunfante. Después de estas semanas, me gusta pensar en la conspiranoia como una actitud análoga a la ingenuidad infantil. Igual que un niño está dispuesto a creer ciegamente (y sin ningún tipo de prueba) que un ratón se cuela debajo de su almohada para recoger sus dientes, un adulto también está dispuesto a creer ciegamente (y con todas las pruebas posibles) que millones de personas están siendo víctimas de un gran complot al que él o ella es, por supuesto, inmune. La única diferencia es que solo uno de ellos elige ser ingenuo voluntariamente. Yo hace tiempo que dejé de ser niño, pero ahora tengo claro que de mayor quiero ser conspiranoico, porque debe ser muy satisfactorio levantarse cada mañana sabiendo que atesoras la única verdad absoluta.

spot_img
spot_img

Más artículos

Artículos relacionados

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

Últimos artículos