Todo el mundo va a saber por fin su nombre para que lo señalen cuando se crucen con él por Yecla. Sé quién es y además sé dónde vive
Hay figuras características de la idiosincrasia yeclana cuya principal particularidad reside en el anonimato de las personas que las representan. Mención aparte merecen los Reyes Magos que a los pocos minutos de aparecer en la balconada municipal, saludando a todos los niños, que ilógicamente se han portado bien al contrario de lo que se espera de cualquier niño en fase de crecimiento, todo el mundo sabe ya los nombres y apellidos de quienes encarnan a Sus Majestades y que corren como la pólvora de boca en boca por mucho que traten de camuflarlo con Kanfort negro, extravagantes postizos capilares, prótesis dentales o disimulando la voz como si hablaran desde dentro de una horza. Ahora que nombro a los Magos de Oriente no me resigno a morderme la lengua y una vez más sugiero, con la humildad que me caracteriza, a quién o quiénes corresponda que ojalá muy pronto vuelvan a regresar a Yecla repartiendo sus regalos sobre sus caballos como históricamente había ocurrido hasta que se impuso la ley del más fuerte de lo y ‘animalísticamente’ correcto. Pero he vuelto a sacar los pies del tiesto como tengo por (mala) costumbre. Porque, hablando de convecinos que no desean ser reconocidos cuando participan en algunas de nuestras celebraciones más populares y tradicionales solo tenemos que mirar unos días hacia atrás y recordar los semblantes ocultos bajo las capuchas de los penitentes que participan en la procesión Penitencial del Rosario, arrastrando cadenas y cruces en señal de arrepentimiento y expiación; o los turiferarios que portan el incensario; o los voluntarios anónimos que, previo pago de su importe, o por amor al arte (arte semanasantero, imaginero y pasional, por supuesto), empujan las típicas carrozas yeclanas sudando la gota gorda cuesta arriba o cuesta abajo y sin frenos, agazapados bajo las faldas de los tronos. Pero en Semana Santa hay una figura de aspecto espeluznante que se lleva la palma, y no precisamente la palma del Domingo de Ramos, sino la palma de la mano.

Efectivamente, lo habéis adivinado: me estoy refiriendo al ‘Diablico’ (el secreto mejor guardado de Yecla), cuya verdadera identidad quiero desvelar hoy después de décadas de impenetrable ocultismo. Todo el mundo va a saber de una vez por todas quién es ese engendro de color rojo repulsivo, cuernos repugnantes y aterrador tridente. Y voy a desvelarlo por despecho y venganza, por haber asustado a mis nietos Ramiro y Mar abusando de su cándida inocencia. Mi brazo será largo y mi venganza terrible. Que lo sepa todo el mundo: el ‘Diablico’ de Yecla es… ¡¡Es el Señor del Mal, el Príncipe de las Tinieblas, el Ángel Caído, el Rey de la Oscuridad!! También conocido en los ambientes como Satanás, Lucifer, Belcebú, Mefistófeles. Sé quién es y también sé dónde vive: en el Inframundo, en el Foso de las Sombras, en las Calderas del Averno y a todas horas en las entrañas de muchos con los que me cruzo a diario. Que se entere Yecla entera para todos lo señalen con el dedo cada vez que se encuentren con la Bestia. Para que sirva de escarmiento y advertencia para que nadie nunca jamás ose asustar otra vez a mis nietos. Porque yo por mi Ramiro y mi Mar… ¡mato!













