Antonio M. Quintanilla
La Semana Santa de Yecla tiene una cualidad que nunca nos debería pasar desapercibida: es capaz de reunir a toda una ciudad más allá de las creencias, edades o formas de vivirla. Cuando llegan estos días, Yecla se transforma en un escenario donde la fe, la tradición, los recuerdos y las preguntas sin responder sobre el porqué de nuestra existencia se instalan en cada uno de nosotros. No hace falta ser un fervoroso creyente, un dubitativo agnóstico o un ardiente incrédulo (nadie es quien para juzgar las convicciones de nadie), para reflexionar durante unos días sobre la vida y la muerte, emocionándose con las bandas de cornetas y tambores, sintiendo que uno forma parte de algo que viene de lejos y que seguirá después de nosotros. La fuerza de la Semana Santa yeclana reside precisamente en esa mezcla de fe, cultura y retrospección.
Para muchos, por ejemplo, es un reencuentro con la infancia: el sabor de las empanadas, el olor a cera, los ‘farolicos’, el silencio del público cuando pasa una imagen o el murmullo de los pasos envuelto en el eco de los violines que entonan el Stabat Mater tras asistir al conmovedor entierro de Cristo en la cripta de San Francisco. Para otros, es una oportunidad más para regresar a Yecla y reencontrarse con familiares, amigos y con ellos mismos. Incluso quienes aprovechan las vacaciones para desconectar fuera de Yecla llevan consigo, aunque sea de manera inconsciente, un vínculo con la misma Semana Santa que nunca les ha atraído pero que aún así viajan lejos para presenciarla en otras ciudades. Porque no se trata solo de procesionar sino de mantener viva una historia transmitida de generación en generación. Cada túnica, cada estandarte, cada capucha, cada cetro, tiene detrás un relato personal y un esfuerzo compartido entre cofrades por salir adelante año tras año. O las bandas de música y las bandas de cornetas y tambores. No hay Semana Santa en Yecla sin el sonido que anuncia la llegada de una procesión antes de que se vea. Jóvenes y veteranos que sienten cada partitura que interpretan como parte de la historia de sus vidas.

Cuesta no estremecerse cuando una marcha lenta se abre paso por nuestras calles o cuando suenan como plegarias que se pierden en la oscuridad o acompañan las estampas pasionales que solo se viven aquí y forman parte del ADN de la Semana Santa yeclana. Vivencias íntimas que arrastran a la calle a miles de personas para ser testigos y que la convierten en un patrimonio común más humano. Al final, lo que une a Yecla en estos días es la certeza de compartir una Semana Santa que es un espejo donde todos nos reconocemos.
Es tradición, sí; es fe y veneración, sí; pero igualmente es historia de Yecla que es como decir que es también historia de cada uno de nosotros. Es la prueba de que, en un mundo que cambia a toda velocidad, hay huellas que permanecen porque nos recuerdan quiénes somos y dónde están nuestras raíces. Y quizá por eso, creyentes y no creyentes, los que se quedan y los que se marchan, todos encuentran en la Semana Santa un motivo para sentirse parte de Yecla.













