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domingo, 1 marzo, 2026
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Bicharracos, bestiajos y animaluchos

Yo directamente los metía durante un mes en una perrera de las de antes, a pan y agua durante un mes, entre pulgas y garrapatas

Antonio M. Quintanilla

Hacía mucho tiempo que no me quedaba tan ojiplático y desconcertado ante una noticia del tamaño y enjundia de la última y descomunal estupidez que ha invadido el seso de una más que preocupante cantidad de adolescentes. Me creía yo que ya lo había visto todo la única vez que acompañé a mis nenes a una quedada de otakus disfrazados de animes y mangas japoneses. (No confundir, como le pasó a un servidor, otaku con hentai). Therians, que debe significar algo parecido a bicharracos, bestiajos y animaluchos, se hacen llamar los seguidores de esta irracional chifladura. Según leo, estos jovenarios sin dos dedos de frente “se identifican, de manera espiritual, psicológica o simbólica, con un animal no humano”. (No sabía yo que existieran animales humanos y no humanos, a no ser que se refieran a más de uno que andan a dos patas y con quienes nos cruzamos a diario para nuestra desdicha y desesperación). Sigo: aunque tiene toda la pinta, según quienes estudian los desórdenes de la mente, “no se trata de un trastorno ni de un juego de rol: es una identidad interna que forma parte de cómo estas personas entienden quiénes son”.

Eso les pasa por ver a sus padres salir de la ducha en calzoncillos con bragueta. Sin comentarios. Guau, guau. Sabemos que la adolescencia es una etapa muy conflictiva en busca de uno mismo y en contra de todo lo que se menea. (Aunque no hay ninguna etapa de la vida que no padezca sus particulares conflictos). Aún así no puedo ni imaginar el espanto de los padres cuando encuentren a sus hijos andando a cuatro patas, olisqueando el culo de sus colegas que también se sientan mascotas mientras ladran, maúllan, aúllan, mugen, berrean o rebuznan. ¿Y qué cara pondrán cuando los tengan que sacar a la calle varias veces al día para que hagan pipí y caca levantando la pata en un árbol y dejando las moñigas en medio de la acera hasta que llegue el padre con la botellita o la bolsita negra para limpiarlo? ¿Y las madres que han padecido los desgarros de un parto para que luego sus hijos se hagan llamar hijos de perra? Yo directamente metía a esos niñatos en una perrera de las de antes, a pan y agua durante un mes, entre pulgas y garrapatas, y verías tú como la tontería se les quitaba antes de ponerles el bozal. (Doy gracias a todos los santos de la gloriosa gloria celestial porque mis hijos por fin hayan pasado la pubertad y anden ya encaminados, erguidos y sobre dos patas. Y espero y deseo que mi nieto y mi nieta no se vean abducidos por esa moda de majareta perturbados). Si tanto problemas tienen para encontrarse a sí mismos más vale que les diera por imitar a los más listos de la clase y no al pelotón de los torpes. Así a lo mejor hubieran tenido interés en leer “La Metamorfosis” para conocer la amarga experiencia de Gregorio Samsa cuando una mañana amaneció convertido en escarabajo; o las penurias y el escarnio que padeció Jhon Merrik, más conocido como el hombre elefante. No he podido evitar acordarme de ellos pensando en estos otros cachorros humanos de hoy de medio pelo conocidos como therians. Ojalá no los veamos nunca por Yecla. ¿O es pedir mucho?

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