Cumplir años te da superpoderes como la capacidad de callarte cada vez menos cosas
Antonio M. Quintanilla Puche
Si no lo llevas bien, cumplir años puede convertirse en una aventura tan emocionante como abrir el frigorífico y descubrir que ya no quedan yogures del sabor que más te gusta. Uno empieza la vida deseando celebrar sus cumpleaños: fiesta, amigos por todas partes (porque todavía te quedan amigos), y multitud de regalos. La infancia es maravillosa porque todavía no tienes ni idea de lo que son las facturas, los préstamos y los intereses de demora. Así es feliz cualquiera. Luego llega la adolescencia y sumar años es un rama en plan telenovela turca. Te miras al espejo buscando señales de madurez y solo encuentras granos que tienen vida propia y un montón de pelos en partes de tu cuerpo en las que nunca imaginaste que pudiera crecer el vello capilar. Vas de listillo, crees que lo sabes ya todo porque no tienes ni idea de las infinitas cosas que todavía tienes que aprender a base de trompicones, por no decir una palabrota. Esa época es como actualizar una aplicación que no usas: no sabes para qué sirve pero mola mucho. Cumples cada año convencido de que caminas hacia la libertad plena de la mayoría de edad, sin saber que ser mayor de edad significa que ya te puedes ir de tu casa para buscarte las habichuelas, que ya tienes que rendir cuentas ante la Justicia porque ya eres tú solito y solamente tú el que respondes de tus actos sin que vengan tus padres a sacarte las castañas del fuego. Y empiezas a votar eufórico creyendo que tienes en tus manos la oportunidad de cambiar el mundo pero al final es el mundo el que terminará cambiándote a ti.

Por las mismas, cuando llegas a la edad reglamentaria, en mis tiempos eran los 21 y luego la bajaron a los 18, si no llevas cuidado cuando juegas a los médicos con tu pareja puedes acabar siendo padre o madre antes de tiempo para que sepas lo que vale un peine. (Pero, tranquilo, a esa edad ya tienes la plena certeza de que hagas lo que hagas tus padres van a estar a tu lado siempre aunque tú nunca vayas a verlos desde que te fuiste de casa). Y así, antes de darte cuenta llegas el momento en el que soplar velas empieza a ser un deporte de riesgo: o sea, la edad adulta, que nada tiene que ver, al menos en teoría, con adulterio y adulterar. Antes al soplar las velas pedías un deseo y ahora pides que no te duela nada al levantarte mañana. La filosofía dice que el tiempo es relativo pero tu espalda te dice que naranjas de la china.

Es en la edad adulta donde te aficionas a antes de salir de casa saber cuál es la farmacia de guardia y a mirar las necrológicas del día. Pero cumplir años también tiene cosas muy positivas. Descubres que la felicidad está en pequeños detalles como ir de viaje y que sea otro el que conduce, o la gozada de malcriar a los nietos como te hubiera gustado criar a tus hijos pero eran otros tiempos en los que tenías que dar ejemplo. El humor se vuelve imprescindible porque si no te ríes, envejeces el doble y te haces viejo antes de tiempo. Cumplir años también te da superpoderes, como la capacidad de callarte cada vez menos cosas para sacudirte por fin a los pelmazos que no te aportan absolutamente nada y solo contribuyen a que pierdas el tiempo maravilloso que te queda y que ahora aprovechas más que nunca. Cumplir años es sobre todo una gozada si lo celebras con la gente que de verdad te quiere y con la que tú quieres rodearte para seguir viviendo durante muchos, muchos años.













