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domingo, 11 enero, 2026
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Que lo vayamos contando

Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor que el que aún nos queda por vivir. Todo se nos está permitido antes que tirar la toalla…

Una que duerme conmigo hace casi 40 años, y cuando digo que duerme es que duerme en el sentido más estrictamente literal y extenso de la palabra, me estiró de las orejas la pasada semana echándome en cara que las “Crónicas yeclanas” con la que despedí 2025 eran infinitamente deprimentes. Y ella, como siempre, no se equivoca nunca. La primera vez iba a ser que tenía yo la razón. ¡Pues eso faltaba! Pero por muchas excusas que ponga, a final de año no puedo evitar acordarme de los seres más queridos que se han quedado en el camino. Me refiero a familiares y amigos. Dicen que la familia nos viene impuesta al nacer, pero los amigos son la familia que desearíamos tener si pudiéramos elegir. Somos lo que somos porque estamos hechos de pedazos de las personas que hemos conocido y con las que decidimos pasar la vida. Vivimos en un constante pasado al que llamamos presente. Pero el presente no existe. El presente es un espejismo que dura micro milésimas de segundo. Si creen que exagero, piensen solo en que las primera palabra que han leído de esta frase ya pertenecen al pasado. Así de rápido pasa con todo y con nosotros no íbamos a ser una excepción. ¿Qué más puedo decir? Los finales de año me suenan a despedida, a borrón y cuenta nueva, a si te he visto no me acuerdo; al que le dé que se aguante y lo pasado, pasado está. Y el que venga detrás que empuje. Ya lo he dicho muchas veces: cada año que vamos sumando no significa que tengamos un año más sino un año menos. Dice un amigo que llega un momento en la vida en que contamos más años por detrás que por delante (y permítaseme la expresión excrementicia).

Al contrario que la insultante juventud que suma cuatro días como quien dice, sin apenas recuerdos que echarse a la memoria, ni conciencia plena de la suerte del tiempo que está viviendo; ni mucho menos de la eternidad que aún le queda por vivir. Cuando uno es pavo jovenario va cumpliendo años porque no tiene otra cosa mejor que hacer, a discreción, lanzándose a la piscina de cabeza sin saber con certeza si está llena de agua. (Otros tenemos que saber a ciencia cierta si está llena y no nos cubre, si el agua está templada, si hay escaleras o una soga en los bordes para cuando queramos salir y si hay socorrista a la vista para no nadar muy lejos del puesto de socorro por si las moscas). Pero al mal tiempo buena cara. No queda otra que hacerse el vivo y armarse de valor, aceptar la situación y prepararnos para afrontar todo lo que nos venga. Lo que sea con tal de no quedarnos nunca estancados. Los psicólogos coetáneos lo llaman resiliencia, o lo que es lo mismo: no dejarse vencer por la adversidad y seguir caminando con decisión. Muy cursi todo. Lo mejor siempre está por venir, ¿no dicen eso? Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor que el que aún nos queda por vivir. Todo se nos está permitido antes que tirar la toalla y que a mi parienta le dé por preocuparse y se me desvele. Porque si eso pasara no quiero ni pensar la que me caería encima. La culpa siempre es mía. (Por cierto, se me olvidaba: Feliz año nuevo y que lo vayamos contando, ni más ni menos que como hasta ahora).

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