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Daniel Ortuño Ibáñez: Error de conexión

Daniel Ortuño Ibáñez

Tratar de construir una vida que merezca la pena, de escribir el primer acto de una historia que tenga sentido en los tiempos que corren, ha resultado tener más obstáculos de los que nadie pudo habernos advertido nunca. Uno se siente tentado a agitar el puño hacia el cielo y denunciar la injusticia de saberse engañado, independientemente de las decisiones tomadas y del camino emprendido años atrás, que hoy parecen irreversibles. Podemos consolarnos con aquello de que “estas son las cartas que nos han tocado”, olvidando que fuimos nosotros quienes mezclamos y cortamos la baraja.

Al margen del tan manido cliché del resacón vacacional, es cierto que el mes que acabamos de cerrar cuenta con todos los ingredientes para una crisis existencial: la sociedad entra en un estado de coma inducido, el tiempo se dilata tanto que casi tiende a infinito, y las relaciones son sometidas a una prueba de resistencia. De las tres, esta última se manifiesta con mayor crudeza en una etapa en la que todo el mundo quiere llegar a alguna parte, pero a costa de no poder llevar a todo el mundo consigo. Si echo cuentas, entre amigos y demás personas queridas, me sale que todos ellos están repartidos en ocho provincias de nuestro país. Dicen que el roce hace el cariño, pero muchos nos hemos visto obligados a reconfigurar esa idea por nuestro propio bien; no sé vosotros, pero yo no quiero que la calidad de mis amistades tenga que medirse en kilómetros y en litros de gasolina.

Otra parte tristemente irónica de este tema tiene que ver con lo digital. Creo que nadie imaginó que, en la época más interconectada de la historia, tendríamos tantos errores de conexión, como los dispositivos Bluetooth que dejan de transmitir cuando nos alejamos demasiado. Al final resultó que, por mucho que yo pudiera conocer el día a día de mi gente, aquello no era un sustituto satisfactorio de nuestros antiguos planes. Al final descubrimos con asombro que, pese a mensajes y llamadas que parecen sostener nuestros vínculos, aquello no era más que otra fuente de ansiedad. Llamadas como esas me recuerdan, en cierto modo, a la extraña sensación que se percibe al salir del cine tras una película inmersiva: esa soledad envenenada por una intensa sobredosis de compañía, el doloroso recordatorio de que nadie está realmente ahí cuando vuelves al mundo real.

Ante este extraño panorama, cada uno de nosotros adoptó estrategias de lo más variadas. He visto a personas que se aferraban a un vínculo languideciente para no dar por perdido todo lo vivido; he conocido a las llamadas “amistades circunstanciales”, que mueren silenciosas cuando su propósito se ha cumplido; he visto a gente que hipotecaba toda su red de amistades en favor del éxito incierto de un noviazgo. Pero, sobre todo, he visto (y sigo viendo) a personas que aguantan fielmente los envites del tiempo y la distancia, personas que han asumido lo que nos ha tocado vivir y aceptan las reglas del juego sin complejos ni aspavientos, personas que no perdieron la esperanza cuando “ponerse al día” se convirtió en una actividad que se prolonga durante meses. Y claro… con razón el tiempo se nos pasa asquerosamente deprisa. Ninguno de nosotros sabe con certeza si durará para siempre o si se perderá por el camino, como otros tantos, a causa de conflictos estúpidos o fabricados. Lo que sí sé es que, gracias a personas como ellas, los días y las semanas brillan con pequeños destellos de luz por los que merece la pena seguir adelante.

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