Antonio M. Quintanilla Puche
Se nos va a hacer muy cuesta arriba aceptar que cierra para siempre la Mannix. Y mira que para llegar a la Mannix casi siempre hay que ir cuesta arriba a no ser que vivas por encima de la calle Hospital. Se cierra el refugio de los que nunca aprendimos a irnos a casa temprano. La discoteca que nos vio nacer y a la que acudiremos por última vez con la tarjeta oro en trámite. La discoteca de la que hace más de 50 años nadie hablaba ni medianamente bien pero por la que al final ha terminó pasando toda Yecla. La primera vez que me encontré a mis padres y sus amigos en la Mannix entendí que la leyenda negra poco a poco iría pasando a la historia. Alguien tenía que romper el hielo y fue la Mannix la que terminó con tantos prejuicios y tabúes. La única discoteca que, tras sobrevivir a modas, movidas, crisis, murmuraciones y pandemias, ha quedado en pie para acogernos a quienes ya pisamos la Edad de los Metales. La discoteca en la que acababan bodas, divorcios, bautizos, comuniones, fiestas, despedidas, entierros y toda clase de celebraciones sacras y profanas.

La discoteca de nuestros años mozos y la que se hubiera convertido en nuestro soñado geriátrico si no fuera porque echa la reja para siempre. Casi cuatro generaciones nos hemos mezclado, siempre juntos y a veces hasta revueltos sin miedo a ser juzgados en los pocos metros cuadrados que ocupa esta gran obra social en la que fuimos testigos de que por la noche todos los gatos son pardos. Lo que pasó en la Mannix quedó en la Mannix. La discoteca en la que siempre encontrabas a alguien más o menos conocido con ganas de entablar conversación y a donde siempre terminabas volviendo aunque juraras que era la última vez. ¿Dónde vamos a celebrar ahora que seguimos tan fieramente humanos, tan vivos y coleando? La Mannix ha sido siempre el único cobijo de Yecla donde el el paso de los años nunca se ha tenido en cuenta porque desde la puerta a la barra y desde el futbolín hasta los aseos todos sacábamos la mejor versión de nosotros mismos.

La Mannix era la casa de acogida de todos gracias al talante de Agustín, “Agus”, al que siempre recordaremos como el Félix Rodriguez de la Fuente de este pueblo porque ha tenido la santa paciencia de estudiarnos muy de cerca a toda la fauna nocturna de Yecla, y de convivir y hasta de llevarse bien con todas y cada una de las criaturas de todo pelaje que habitamos esta muy a veces noble, de vez en cuando leal y en raras ocasiones fidelísima: vecinos de primera y restos de serie, herederos y desheredados. Gente guapa y gentes del montón. Rockeros, heavys, salseros, poperos, vanguardistas, profesionales del bebercio y el comercio. Currantes, cuentistas, empresarios con y sin empresa y emprendedores desprendidos. Charramuzas, eruditos, listillos, ignorantes, banqueros desahuciados, maderos, malhechores, reinas y zánganos, ladrones de corazones y domadoras, casados, solteros, separados por cuenta ajena y cuenta propia, atletas campeones en levantamiento de vidrios y barra fija… Cantama-ñanas, amigos de fiar, espabilados, metepatas, travoltas, patosos, malas madres, hijas de la luna, hijos de papá, saltimbanquis, rebeldes sin causa… (Resumiendo: Se va, se va la Mánnix, se va la Mánnix, se va, se va. Toda una vida que no se olvida queda detrás. ¿Tantos recuerdos, dónde irán? Se va la Mánnix, se va la Mánnix, se va, se va. Todo comienza, todo se acaba aquí y allá. ¿Y de nosotros, qué será?).













