José Puche Forte
Hay tradiciones que desaparecen con el paso de los años, mientras que otras se mantienen en el tiempo. La Semana Santa es una de ellas. Recuerdo aquellos desfiles procesionales que conocí de niño y he visto mejorar la Semana Santa de mi pueblo a lo largo del tiempo. Desde siempre he sentido gran afición en contemplar estos desfiles procesionales, más que por su contenido religioso, por esa religiosidad popular que nos inculcaron desde niño y que se desprende de ella, la que nos atrae y atrapa a muchos yeclanos, aunque no sean creyentes. Es ese recogimiento y esa devoción heredada a lo largo de tantos años la que hace que se llenen las calles del pueblo al llegar estas fechas en que las velas iluminan la oscuridad de las noches y suenan las cornetas y tambores; ya no se escucha el ronco sonido del “carromato” como antaño, pero al paso de las imágenes aún se escucha el canto lúgubre de una saeta desde un balcón que nos hace guardar silencio. También la triste música de la Procesión del Silencio en la que las largas filas de nazarenos con velas encendidas le dan escolta a un Cristo finado sujeto a una cruz. O el canto tenebroso del Stabat Mater en la Procesión de la Soledad y la cadenciosa y doliente melodía de unos violines y unos instrumentos de viento que conmueven el espíritu al paso de esa Virgen Dolorosa a la que acompaña numeroso público.
También la Penitencial del Lunes Santo por los ‘andurriales’ o calles antiguas y estrechas de la parte alta de la ciudad, que dejan un penetrante olor a incienso y en la lejanía se escucha el tañido de una campana y tras las imágenes de un Cristo crucificado y una Virgen a la que acompañan gran cantidad de público que se apelotona en la sinuosas callejuelas y a intervalos del recorrido se escucha el melancólico canto de una coral. Esta es una de las procesiones más pintorescas.
Los desfiles del Jueves Santo, la procesión del Santo Entierro, la del Silencio y de la Soledad son las de más tradición y recogimiento por su organización y vistosidad y por la gran cantidad de imágenes que recorren las calles céntricas de la ciudad, con largas filas de nazarenos, bandas de cornetas y tambores y mujeres ataviadas con teja y mantilla que salen alumbrando detrás de algunas imágenes, que infunden seriedad y respeto, lo que ha logrado que estos desfiles procesionales alcancen gran prestigio y atraigan a numeroso público que las contemplan, entre los que hay forasteros y algún que otro extranjero que siente curiosidad por conocerlas. Algunas de las carrozas o tronos que portan estas imágenes son verdaderas obras de arte.

Aquella antigua tradición que nació sin pretensiones a mediados del siglo XVII con algunos penitentes que salían por la calle con túnicas y con sus rostros cubiertos fue tomando impulso y llegó a tener gran expansión a finales del XIX y principios del XX. De aquellas vetustas Semanas Santas nos habla “Azorín” en su obra “La voluntad” y también Pío Baroja en su libro “Camino de perfección”. Pero al llegar 1936 se perdió todo aquel patrimonio con motivo de los disturbios políticos que llevaron al país a una Guerra Civil y en 1939, al acabar esta, hubo que empezar de nuevo con el impulso del párroco arcipreste José Esteban Díaz y algunos yeclanos que siguieron su ejemplo lograron recuperarla formando de nuevo el Cabildo Superior de Cofradías Pasionarias en el que estaban entre otros el sacerdote José María Contreras Tornero, Juan Pascual Carpena, Juan Jesús Azorín Pérez, Teófilo Villanueva Sanchís, Marcial Carpena, Juan Vives y Antonio Pascual, dirigidos por el alcalde Fulgencio Ortuño y por el párroco José Esteban y con lo poco que se había salvado siguió celebrándose. Y con el apoyo y la colaboración de muchos renacieron las bandas de cornetas y tambores. Con el pasar de los años se fueron adquiriendo nuevas imágenes, algunas aún desfilan en las procesiones. Y con mucho esfuerzo y aún más entusiasmo se ha llegado a los tiempos actuales alcanzando la fama y el prestigio que hoy en día nuestra Semana Santa tiene. Últimamente se ha llegado a inaugurar el museo definitivo después de un tiempo itinerante: el MUSA, o Museo de la Semana Santa. En él se puede ver la trayectoria de nuestra Semana Santa a lo largo del tiempo. Es un lugar acogedor y formativo para todos los amantes de nuestras tradiciones.
Durante el tiempo cuaresmal nuestra Semana Santa tiene un espacio llamado “Cuaresma Cultural” en donde todas las cofradías participan con sus variadas actuaciones, ya sea con música y conciertos, actos religiosos, charlas y tertulias, arte y estética, hermanamientos con otras cofradías, traslado de imágenes y otros actos que la propagan y engrandecen.
Hoy nuestra Semana Santa es otra, que en poco se parece a aquella pobre y triste de antaño que nos describen “Azorín” y Pío Baroja, pero su devoción y su religiosidad popular no se han perdido del todo. Hoy sus bandas de cornetas y tambores se han convertido en verdaderas orquestas con variedad de instrumentos. Es un delicioso placer contemplar sus desfiles procesionales por las calles anchas y modernas de la ciudad, llenándolas de colorido, arte y devoción, que hace rememorar aquel sacrificio que Jesús padeció en su Vía Crucis, o recorrido hacia el Monte Calvario, en donde entregó su vida.
Este año tenemos una Semana Santa yeclana diferente a la de otros años debido a los serios problemas que han surgido en la cúpula de la Basílica, por lo que habrá algunos cambios, ya que las imágenes no pueden salir de La Purísima, ni permanecer en el interior del templo como es costumbre. Pero a pesar de los contratiempos y de los cambios que puedan haber en algunas de las procesiones, nuestra Semana Santa ya luce por las calles de nuestro pueblo y todo quedará en una anécdota para historia local. Es mucho el esfuerzo y el afán y también el gran empeño que las cofradías han puesto estos desfiles que quedan por celebrar y a buen seguro que serán un gran éxito. Vivámosla y disfrutemos de esta ancestral tradición un año más.













