Francisco de Paula García Vélez (*)
No sé si nuestros avezados lectores habrán observado que, en las noches electorales, cuando se conocen los resultados de las votaciones y comparecen públicamente los distintos responsables políticos, ningún partido ha perdido las elecciones de que se trate. Todos ellos, salvo honrosas excepciones, tienen argumentos para justificar los resultados obtenidos por su partido con explicaciones de lo más variopintas, e incluso culpando a algún partido rival de los malos resultados obtenidos por el suyo. Incluso se ha llegado al colmo de la indignidad al culpar, por parte de un ministro del Gobierno de la Nación, de los malos resultados obtenidos por su partido en unas elecciones autonómicas a un expresidente de esa autonomía que llevaba varios meses fallecido antes de la celebración de esas elecciones.
Esto viene a cuento de que, con este ejemplo y otros donde un partido diluye su responsabilidad en cuestiones puntuales (catástrofes, fallos en servicios públicos, decisiones políticas controvertidas, etc.), prácticamente no existe «autocritica» entre nuestra clase política. Esto es un mecanismo de defensa, ya que en política la “autocrítica” es vista por los adversarios políticos como una confesión de culpa, y por los ciudadanos como signo de debilidad. Es decir, el sistema premia más la obstinación en no reconocer los propios errores que la honestidad de hacerlo. No se ve como un defecto moral, si no que se percibe como un mecanismo de autodefensa, ya que en política se elimina a todos los que muestran debilidad y hacer “autocrítica” se percibe como un suicidio político. En esta situación tienen mucho que ver los asesores de los políticos, quienes los llevan al convencimiento de que es mejor adjudicar el error o el fallo a agentes externos, como pueden ser la prensa, la oposición u otros. Se trata de no romper el guion y la fe de sus seguidores que ven en él al “héroe” que lucha contra los “villanos” que es la oposición, ya que de él buscan identidad ideológica y victoria.
Ante esto, que es permitido por la sociedad, deberíamos preguntarnos si queremos políticos “autocríticos”, ya que suele pasar que el votante castiga más la rectificación, que supone admitir culpa o error, que la persistencia en el error y el desvío de las responsabilidades. Y otra pregunta que surge: ¿la falta de “autocritica” está motivada por nuestra intolerancia con el error ajeno, o nos hemos vueltos tolerantes con la falta de “autocritica” por los continuos casos de errores, fallos y carencias en nuestros políticos?
Otro aspecto importante es ver cómo los ciudadanos valoran la diferencia entre el “error político” del “error técnico”. En política el primero es tabú, tal y como hemos expuesto hasta ahora, mientras que el segundo, al ser responsabilidad de los profesionales técnicos, lo que el ciudadano suele exigir es responsabilidades penales o económicas, según los casos.
La consecuencia de esta falta de “autocritica” por parte de nuestros políticos es una desconfianza institucional, ya que todos perciben, aunque paradójicamente también lo exigen, que la culpa o responsabilidad de algún tema político fallido o erróneo siempre es de “otros”, y no de quienes han realizado el acto o tomado la decisión. La falta de “autocritica” es una estrategia de supervivencia, ya que quita el foco de la ética política y lo pone en el incentivo de no ceder jamás para conservar el poder, dejando a un lado la verdad de la situación.

En definitiva, la palabra “error” en el lenguaje de los políticos se ha sustituido por el eufemismo de “ajuste de expectativas”, o “contexto cambiante”. El político no puede permitirse se “autocritico”, pues con ello afecta a la supervivencia del su partido, ya que la lealtad al mismo es más importante que la honestidad privada. El sistema está diseñado para que la “autocritica” o la humildad de reconocer el error, sea interpretada como un reconocimiento de incompetencia.
En definitiva y para acabar, sería necesario reconducir esta situación hacia otra donde la “autocritica” sea considerada como una conducta ética de responsabilidad, y donde rectificar ante errores manifiestos deje de ser negativo para ser considerado un valor, ya que como decía Gandhi “es miserable y absolutamente inmoral escaparse de las consecuencias de los actos propios”. Por decir algo, y sin ánimo de polémica.
(*) Francisco de Paula García Vélez, es Comisario Honorario del Cuerpo Nacional de Policía.













