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Yecla
sábado, 14 marzo, 2026
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Vallados

Juan Muñoz Gil

Antiguamente, cuando se construía una muralla todos aquellos que quedaban extramuros empezaban a pensar como podrían destruirla. Cualquier barrera que en la vida alguien levanta da a entender que algo valioso o privativo se intenta proteger de los demás, y es esa la animosidad celosa de todos aquellos que quedan fuera del reducto al considerar que lo que se encierra tiene que ser muy apreciado cuando se emplea tanto esfuerzo y gasto en la construcción de un cerco inexpugnable impidiendo la vista y el acceso a los demás. Es ley entre los componentes del mundo animal la norma de acaparar, bien sean alimentos o útiles con los que poder encarar una necesidad o indigencia futura, a excepción de la cigarra, y por ello Esopo y Samaniego crearon la afamada fábula de la cigarra y la hormiga con la consecuente moraleja que aconseja lo bueno que es algo así, como nadar y guardar la ropa.

A España fueron llegando en sucesivas oleadas, griegos, cartagineses, romanos, godos, visigodos, árabes, etc. y al día de hoy siguen las migraciones, ahora ya ni se sabe de dónde, y cada uno de aquellos invasores fue construyendo sus murallas de las que todavía persisten algunas aunque sin el significado defensivo con que se levantaron pero, ¡mira por dónde!, han resultado económicamente eficientes para esa invasión de turistas a quienes simplemente les place contemplar, fotografiar, y si te he visto no me acuerdo. De derruirlas ya se encarga la erosión y otros elementos más o menos naturales. Solamente de un tiempo a esta parte, cuando estabilizada la permanente conquista y reconquista perpetuada de por siglos, las barreras se han individualizado exclusivamente para todos aquellos emprendedores, audaces empresarios o visionarios industriales, que han podido conseguir fortuna y seguridad económica, por lo que tratarán de preservar con todos los medios posibles, como hacen las hormigas, esas posesiones y bienes logrados cada vez más expuestos al albor de la delincuencia.

En Yecla se ha generalizado esta situación de cercar un diminuto entorno rural con vivienda incluida, como refugio tradicional de privacidad a los ojos inclusive del vecino más cercano, creando autenticas torres de marfil en las que se recluyen sus dueños felices y contentos con su intimidad protegida, costumbre muy propia del mundo árabe ya que tras tantos siglos de convivencia siempre se debió pegar alguna secuela… De ahí, lo contradictorio que resulta la vanagloria humana de exteriorizar sus logros, existente desde el Renacimiento al engalanar los potentados las fachadas y pórticos de sus estancias o levantar la torre más alta de una mansión para poder proclamar el éxito cosechado, luciendo con el arte del diseñador más cotizado la prosperidad alcanzada, algo tan habitual en el pasado, pero ya no: ahora es el aislamiento individualizado de sí mismos como podemos observar en miles de construcciones rurales, todas tapiadas a la vista de cualquier excursionista o caminante ocasional, lo que supone una actitud contradictoria a ese egocentrismo tan común en el ser humano de enseñar sus logros económicos reflejados en sus posesiones, en ocasiones a cual más aparatosas y desproporcionadas, pero por causas negativas, ya sean robos, extorsiones o expolios a diario difundidos por los medios de comunicación e incluso muertes, siendo ahora esa opulencia y poderío que en otros tiempos se mostraba con total libertad evitada con todos los medios posibles, construyendo barreras, murallas, cercas, etc. y así impedir que los amantes de lo ajeno puedan tomar cartas en el asunto y generar daños, incordio o desazón, ya que las autoridades competentes no son capaces de solucionar con las actuaciones policiales pertinentes y lograr mantener a raya a toda una caterva de delincuentes que tan libremente proliferan a sus anchas.

Las puertas abiertas de las viviendas con una cortina volandera para que pudiese correr el aire y entrar o salir cualquiera a su antojo, es ya un pasado irrecuperable que solamente se mantiene en el inconsciente colectivo de una generación caduca, aunque todavía persiste el recuerdo de ese pasado venturoso reseñado con añoranza en los centros de mayores y residencias comunitarias.

El éxito ha perdido totalmente su encanto por esa obsesión progresista de igualar con un rasero generalizado para todos, pero siempre lo hacen por abajo. Así, los que sobresalen de ese tope mediático tratan por todos los medios de ocultar sus logros y pasar desapercibidos como hacían los gitanos en el Romance de García Lorca cuando aparecía en sus acampadas una pareja de guardias civiles, “hasta el coñac de las botellas se disfrazaba de noviembre para no infundir sospechas”. También cualquier persona que ha logrado un estatus satisfactorio trata de ocultar su condición económica para no motivar inquina y animadversión.

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